icon icon icon
30.03.14

El amor en los tiempos de Grindr

La red social que cambió la forma en la que los gays se relacionan, terminó también por influir en la vida de los heterosexuales. Y ahora parece ser la nueva fuente de amor virtual.

franco-grindrr

Era su primera vez en Nueva York, una de esas noches de verano en las que la temperatura fácilmente se empina por sobre los 30 grados. Aunque había pasado todo el día recorriendo Manhattan y estaba cansado, tenía ganas de sexo. Pero no estaba dispuesto a salir de cacería a un bar. La sola idea de vestirse, tomar un taxi e iniciar el ritual de conquista, lo desanimaba.Fue ahí cuando recordó una nota en la New York Magazine, en la que hablaban de Grindr, una nueva aplicación para celulares que se valía de la proximidad para conectar hombres buscando sexo. Así, hace cuatro años, Nicolás inició su relación sentimental más larga, su “pololeo” con Grindr. Su primer encuentro fue la misma noche que descargó la app. Él, un abogado chileno de veintitantos, ni tan cartucho ni tan libertino, nunca había visto algo parecido. Era un mundo superficial en el que la mejor imagen, la más sexy, la más interesante, se llevaba el premio.

Había fotos de caras, torsos desnudos, hombres rubios, morenos, maduros y jóvenes, todos a un solo click de distancia.

Sabiendo que estaba en una ciudad en la que nadie lo conocía, inició el primer contacto. Le habló a un tipo rubio que estaba a unos metros del departamento en el que se alojaba en Williamsburg. Era un treintañero alto — circuncidado, atlético y versátil, según decía su descripción—. Intercambiaron fotos de cara, después de cuerpo y al final desnudos. A ambos les gustó lo que vieron y coordinaron la cita.

Nicolás estaba nervioso pero aún así recorrió los 400 metros que lo separaban del departamento de Richard. “I’m ok for you”, le preguntó en su inglés de sitcom cuando le abrió la puerta. Richard le respondió con una sonrisa y lo invitó a entrar a su departamento. Era un músico de Carolina del Sur que había llegado hace poco a la ciudad y, a ojos de Nicolás, las fotos que había enviado no le hacían justicia. Estaba en mucho mejor estado físico y su piel y pelo tenían ese brillo dorado característico de la costa californiana. Tras unos minutos de conversación trivial tuvieron sexo. Después, se despidieron y nunca más se volvieron a ver.

Nicolás regresó a Santiago, volvió a su trabajo y no se despegó más de Grindr, una aplicación que hoy cuenta con más de 4 millones de usuarios en cerca de 190 países. Gracias a ella ha conseguido decenas de encuentros sexuales y ha conocido la mayoría de lo hoteles cinco estrellas de Santiago, pero ahora quiere un poco más. Ahora está empecinado en encontrar el amor en Grindr. “Si a otros les ha resultado ¿por qué a mi no?”, se pregunta mientras abre la aplicación sentado en la su escritorio de la oficina.

doble-grindr_2

tomas

Buscando un poco de amor

Grindr ya no sólo ofrece sexo, ahora también entrega amor. Quizás es porque el 77% de sus usuarios reconoce que quiere casarse alguna vez, pero lo cierto es que son cada vez más aquellos que consiguen mucho más que un one night stand.

Eso fue lo que le pasó a Camilo, un arquitecto de 26 años que después de acostarse con varios de sus “vecinos” de Grindr encontró a uno que se transformó en su pololo.

El día que conoció a Pablo, Camilo siguió básicamente la misma rutina de siempre. Eran cerca de las dos de la madrugada de un sábado y estaba un poco aburrido en la barra de un club gay de Bellavista. Había coqueteado sin éxito con algunos chicos y para colmo, el que más le gustaba se agarraba a otro en un rincón. Con el ego herido y algunas copas en el cuerpo, abrió Grindr y empezó a buscar.

Después de descartar a quienes estaban en su vecindario, a 5 kilómetros de distancia, se encontró con P. que buscaba “sexo ahora”. La cosa fue bastante rápida, se intercambiaron las fotos, Camilo tomó un taxi y unos 20 minutos después del primer Hola, estaba en su casa. P. que a esas alturas ya era Pablo, un ingeniero comercial de Vitacura.

Ambos estaban lo suficientemente excitados como para saltarse cualquier tipo de conversación, así que fueron directamente a la cama. Hasta el momento Camilo seguía repitiendo una dinámica que conocía a la perfección, pero algo cambió con Pablo. Esa noche, a diferencia de lo que solía hacer cada ve que tiraba con alguien de Grindr, no regresó a su casa, sino que se quedó a dormir con Pablo. “Esto es química” se dijeron a la mañana siguiente cuando desayunaron juntos.

Después de ese primer encuentro siguieron otros, siempre sexuales. Luego vendrían las salidas al cine, las clases de yoga y finalmente el pololeo. “Para mi, empezar una relación en Grindr, es casi igual a esa gente que conoce a alguien en un bar, se acuestan y después resulta que se gustan y hasta se casan”, dice Camilo.

Por eso, no le da vergüenza contar que conoció a Pablo por esa vía. “Igual no le cuento a todo el mundo, pero si me preguntan lo digo y hasta risa me da”, reconoce.

El caso de Sebastián es un poco distinto. Con 27 años y una exitosa carrera como diseñador, siempre soñó con encontrar al “hombre perfecto”, pero no llegó sino hasta que apareció Grindr. Él era uno de esos que usan la aplicación para conocer amigos.

La primera cita con Alejandro fue en un café de Lastarria a fines de septiembre del año pasado. Se juntaron un miércoles a las siete de la tarde, lo que le dio muy poco tiempo para arreglarse. Llegó cinco minutos antes de la hora y ahí estaba Carlos, un moreno de piel canela 10 años mayor.  Aunque era la primera vez que se veían, se conocían bastante, porque su relación había comenzado una cuantas semanas atrás, una noche en la que los dos se sentían solos y más que sexo, querían conversación.

Sebastián llegó un poco nervioso. Carlos le gustó de inmediato y, como le suele suceder en esas circunstancias, lo saludó un poco atolondrando. Se sentó frente a él y comenzaron a ponerse al día con los cosas de las que ya habían conversado vía Grindr. Ese día no hubo sexo. En cambio quedaron para ver una película ese mismo viernes.

Fue en la segunda cita cuando se acostaron por primera vez y desde ahí no se han separado. Su relación se ve promisoria, aunque el único problema es que a los dos les avergüenza reconocer que se unieron a través de esta red de contactos sexuales. Así que cuando la gente les pregunta, inventan que se conocieron en una fiesta o que los presentó un amigo.

nicolas

doble-grindr_1

seba

Adicta a Blendr

Con Grindr como pionero, el mercado de las apps ofrece decenas de redes sociales que usan la geolocalización para aquellos que buscan compañía. Están Blendr y Tinder, para heteros; Miumeet, para todos o Scruff, para osos, eses homosexuales algo regordetes y peludos.

La elección de Paula fue Blendr. Con 26 años y una carrera en el mundo de la publicidad, en enero pasado comenzó a usar esta app de los mismos creadores de Grindr.

Fue su mejor amiga la que se lo recomendó y, ella aburrida de la soltería, dejó los pocos pudores que tiene y se atrevió. Comenzó un poco tímida, conversaba con algunos chicos por las noches y rápidamente fue aumentando su cantidad de contactos.

Concretó su primer encuentro en un bar del Barrio Brasil. Optó por un lugar público para escapar rápido si las cosas se salían de control. Él, Joaquín (30), era un tipo bastante promedio, aunque destacaba entre los perfiles de Blendr, donde la belleza no abunda. Tomaron unos tragos, comieron algo, pero no pasó nada… quedaron de verse otro día. Aunque Paula lo encontró interesante, no tuvo ganas de acostare con él.

Así siguió buceando en el mundo Blendr y entre conversación y conversación, fotos subidas de tono y vídeos XXX, empezó a tener sexo con desconocidos. “Blendr cambió un poco mi vida. Estoy adicta, me meto todas la noches, a veces resulta algo y otras veces es solo conversación”, cuenta.

La aplicación la ha llevado a romper sus propias barreras. Hace un mes, estaba de vacaciones en Viña y le habló una pareja de pololos. Paula no estaba muy convencida, pero su excitación fue mayor y aceptó salir con ellos.

Mariana y Cristián llegaron a la puerta de su hotel a eso de las 10 de la noche. Paula subió y fueron a tomar un trago, después a bailar. Ellos la presentaban como su amiga santiaguina y hasta ahí todo normal.

Paula nunca había hecho un trío y empezó a dudar, estuvo a punto de abandonarlos en la pista de baile, pero se quedó. A las 3 de la mañana se fueron al departamento de la pareja. Estaba tan nerviosa que sólo atinó a pedirles un vodka que bebió casi sin respirar. Para tratar de calmarla —o quizás excitarla— Mariana la invitó a su dormitorio y abrió un cajón en el que guardaba decenas de juguetes sexuales que ella nunca había visto. Y esa fue la chispa que necesitaba.

Jamás había estado con una mujer, pero esa noche se lanzó y comenzó a besar apasionadamente a Mariana, mientras sus manos iban desabrochando sus jeans.

Las dos mujeres estaban sobre la cama, mientras Cristián las miraba semidesnudo y con evidente excitación desde una esquina de la habitación. Después de un rato se les unió y estuvieron juntos el resto de la noche. “Fue el mejor sexo de mi vida, sin tapujos. Fue como si se me metiera el demonio adentro”, recuerda entre risas Paula.

A la mañana siguiente se despidieron y quedaron de juntarse otra vez. Aún hablan de vez en cuando, pero no se han vuelto a encontrar. A quien sí vio de nuevo fue a Joaquín, su primera cita en Blendr. Fue la segunda vez que se juntaron cuando finalmente tuvieron sexo. Joaquín superó todas sus expectativas, y hoy está convencida de que quizás él pueda ser el indicado para una relación más seria. “La cosa está recién empezando. No me atrevo a decir si la cosa se va a volver formal, pero no me cierro a nada”, dice Paula.

GRINDRRR2

Una cosa más tranquila

Si bien Blendr es la más intensa de las apps para heterosexuales, la más popular es Tinder. La aplicación literalmente estalló durante los recientes JJ.OO. de Sochi, cuando los atletas la colapsaron buscando encuentros en Rusia. Hoy se jacta de unir a más de 10 millones de parejas al día y a diferencia de Grindr o Blendr, tiene mayores controles de seguridad.

También opera con ubicación geográfica, pero asociadas a las cuentas de Facebook.

Su truco está en que el chat solo se despliega cuando dos usuarios muestran interés en sus respectivos perfiles.

Rocío, una enfermera de 30 años es una de sus usuarias chilenas.

Ella reconoce que es un mundo que no le gusta mucho, pero sigue conectada porque le cuesta conocer hombres en el día a día. De hecho, acaba de terminar una breve relación que empezó por Tinder. Él se llamaba Francisco y lo conoció una tarde de enero de este año. Vio su foto y parte de su descripción y le pareció interesante. Tal como a ella, a él “le gustaba el deporte y viajar” y además vivían cerca.

Así que coordinaron la primera cita y salieron a comer a un restaurante de Barrio Italia.

Rocío estuvo todo el día nerviosa por la ropa que se iba a poner y —lo que es peor—, cuestionándose si era buena idea o no. Finalmente a las 9 de la noche en punto se encontraron. La cita fue tan normal como puede ser cualquier encuentro con alguien que se conoce a través de un sitio de citas. “Hablamos de las cosas que nos gustaban, de nuestras pegas y eso. Estuvimos saliendo como un mes”, recuerda Rocío, que cada día está mas convencida de que la aplicación le ofrece una buena chance para encontrar pareja.

Quizás le resulte, quizás no. Quizás ella o Paula o Nicolás terminen enamorándose de su vecino o de un extraño con el que se toparon en el metro. Quizás a todos les deje de importar el amor y terminen sus vidas acompañados de Grindr, Tinder o Blindr.