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04.02.16

Profundo, a deep emotion por Claudia Bitrán

¿Remake, parodia, homenaje? Lo primero que surge ante la obra de Claudia Bitran son preguntas. ¿Qué es? ¿Por qué lo hace? Quizás uno de los valores de su trabajo, que se puede ver en MAVI hasta el 27 de marzo, es que incomoda lo que entendemos por obra. Lo cierto es que esta artista lleva más de un año y medio reproduciendo mediante una decena de técnicas distintas la millonaria película “Titanic” (1997) con un presupuesto mínimo. Además de asumir los roles de directora, productora, actriz, continuista, camarógrafo y tramoya, el cuerpo de Bitran es la única constante en las variables que atraviesan su obra.

“Titanic” de Claudia Bitran es una obra sobre otra obra. Un largometraje sobre otro largometraje. Pero también es una reflexión sobre los cuerpos. En ella hay contenida otra realidad que dura lo que es un vistazo y esta distancia propone una demora: nos demoramos en acceder al original, o más bien nunca accedemos directamente a él. Siempre vemos el “Titanic” (1997) de James Cameron a través del ojo (y el cuerpo) de Bitran.

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La artista se vuelve una fuerza centrífuga. Absorbe los oficios cinematográficos en uno, asume el rol de directora, productora, coordinadora, editora, actriz, maquilladora, vestuarista, iluminadora, tramoya, camarógrafa y directora de arte. Ensambla, mezcla, subvierte. Mata al continuista. Incomoda la lógica del reflejo.

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Vemos a Bitran arrastrar, lentamente y en silencio, por el suelo de su taller la réplica de dos metros del trasatlántico (que construyó manualmente y que iluminó por dentro para que cada una de las ventanas de los compartimientos parecieran encendidas) hacia donde se encuentran los cubos de plumavit que representan el iceberg contra el que chocó. Momentos como esos son relámpagos.

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Bitran elige relatar –para deconstruir– la historia del que en su momento fue el barco más lujoso del mundo, pero que hoy está reducido a un cúmulo de ruinas. Rehace una película que costó $200 millones de dólares a costo mínimo y logra mantener en su película el aura de un objeto manufacturado. Como en un juego de espejos, todo elemento al interior de esta obra es el reflejo de otro. En ellos se percibe la angustia ante lo monstruoso, el pavor de distancia con el original. Y también surgen una serie de imágenes distorsionadas: versiones amplificadas, disminuidas o alteradas de los símbolos que construyen su discurso. Esas construcciones son metáforas. Y en ellas sentimos la angustia de no saber de donde procede el reflejo que estamos viendo.

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Quizás la única figura que sea capaz de contener y soportar esta obra sea la de su cuerpo exponiendo la distancia con otro. Sabemos que detrás de todo el despliegue de técnicas que ensambladas conforman el flujo narrativo está siempre Bitran. En las reproducciones a escala, en las maquetaciones, en las animaciones cuadro a cuadro, todas encuentran una resonancia en la figura del cuerpo de la artista.

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La historia del hundimiento del Titanic fue también una metáfora sobre la disposición de los cuerpos y Claudia Bitran lo aborda encarnando otro cuerpo: el de un personaje ficticio. Aunque interpreta el papel de Rose (se tiñe el pelo de rojo, se viste, se mueve y habla como el personaje) su apropiación no funciona exclusivamente a nivel cosmético. La artista compromete su identidad en esta personificación porque utiliza su cuerpo como un palimpsesto de representaciones, en el que el suyo queda siempre superpuesto a la construcción anterior de Rose.

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Es posible entender a sus colaboradores como cuerpos dóciles, todos están sometidos a la voluntad del proyecto o de la artista que es, en este caso, también el agente de poder que los interviene. ¿La función de estos cuerpos? Reflejar.

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En la secuencia del choque del trasatlántico con el iceberg hay una clave que le da sentido a estos reflejos: la irrupción de tomas fugaces y borrosas de Manhattan. Ese montaje nos recuerda, con la velocidad de un relámpago, la mañana de septiembre cuando Nueva York fue representada –y reproducida por los medios de comunicación hasta el hartazgo– como metáfora de la vulnerabilidad. Así, a nivel simbólico la obra de Bitran queda perfilada por dos eventos históricos donde los cuerpos en masa fueron expulsados de su espacio de contención: el hundimiento del Titanic en 1912 y la caída de las Torres Gemelas en 2001.

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El tránsito de cuerpos a cadáveres es un salto y termina con una luz momentánea que estremece y alumbra: Mil quinientos cuerpos flotando en el Atlántico. Dos mil seiscientos cuerpos estallando en Nueva York. Más otros cuerpos que no están y que no pueden narrar su desaparición. El relámpago es esa luz que desciende de las nubes en forma ramificada y que jamás llega a la tierra.

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En los intervalos que se abren entre estos estallidos se vislumbra la condición trágica del siglo XX: un vasto campo de escombros que miramos de lejos y de forma intermitente, sabiendo que la luz que los hace visibles nunca proviene de donde creemos.

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*Este texto es una adaptación del texto “Relámpagos de lo precario”, incluido en el catálogo de la exposición “Profundo” de Claudia Bitran en el Museo de Artes Visuales (MAVI).