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06.02.19

Paulina Flores y el constante cambio

Paulina Flores creció en Conchalí, estudió Literatura en la Universidad de Chile y el año 2015 sacudió la escena literaria nacional e internacional con “Qué Vergüenza”, una compilación de nueve relatos donde sus personajes son heridos a tal punto que deben tomar consciencia de su propia vida normal y marginal, lo cual los libera de la presión por ser especiales o trascendentales. Una escritura que nos habla sobre el nuevo significado de la palabra chilenidad, es decir, el constante miedo a desear y fracasar sin poder llorar. Conversamos con la autora acerca del revival del cuento, su próximo libro y sobre adaptarse a los intransigentes cambios.

 

Una de tus principales referentes es Alice Munro, a la cual le has agradecido el hecho de ‘enseñarte’ a escribir desde una perspectiva de mujer. ¿Qué elementos diferencian la literatura escrita desde una mirada femenina en comparación a una masculina?

No sé si me gustaba Munro por eso. Tampoco estoy segura de cuáles son las diferencias entre la literatura escrita por mujeres y la escrita por hombres, y me gustaría que siguiera siendo un misterio. Alice Munro me cazó porque escribía cuentos largos y elípticos, llenos de detalles en apariencia ineficientes, poéticos y conmovedores, aunque no sensibleros. Era dura con sus personajes y resultaba muy inquietante que a pesar de no ajustarse al canon del relato, conservaran, después de su lectura, esa severidad de las estructuras dramáticas clásicas. He leído todos sus libros y su voz es única, es decir, resulta realmente difícil reducirla a cualquier clasificación de género, ya sea literario o de sexo.

Aun cuando el cuento y la cultura pop han tenido un papel muy importante dentro de la sociedad, estos tienden a ser vistos como algo simple o carente de profundidad, provocando que muchas personas que buscan ‘legitimidad’ se alejen de ambos géneros. ¿Cuál crees que es la causa de de esta mala fama?, ¿Crees que exista un revival del cuento? ¿Por qué?

En cuanto a la cultura pop, creo que es porque muchas veces se cae en folclorismos o en marcas vacías, más cercanas a la operación del discurso publicitario que a algún sentido argumental. Con respecto al cuento no tengo una respuesta definida. Creo que la literatura nunca funciona de modo absolutamente coherente o completo. Si uno revisa su historia, no es difícil encontrar escritores que se saltan su contexto histórico -Safo y Arthur Schnitzler, por ejemplo- o que parecen más vanguardistas o conservadores de lo que deberían por su época. Y qué decir de la mordaza a las voces femeninas del sistema patriarcal. En términos prácticos, creo que en Latinoamérica leemos y escribimos más relatos porque tenemos mucha influencia de escritores norteamericanos, quienes a su vez fueron profundamente marcados por los cuentistas rusos. Por lo que me han dicho los europeos prefieren casi exclusivamente las novelas… Me gusta pensar que los cuentos se ajustan a las necesidades de los lectores del  sistema neoliberal, o sea, con poco tiempo entre la casa y el trabajo. Los cuentos son ideales para esas instancias.

 

 

La cantante Marina and the Diamonds dijo: “La idea de que necesitas del dolor y la miseria para ser un buen artista es romántica pero no es cierta. He realizado algunos de mis mejores trabajos en mi momentos más sanos y felices”. En tu caso, has mencionado que la frustración es parte del rito de escribir, sentimiento que incluso es reflejado por muchos de tus personajes. ¿Crees que es posible alcanzar una relación con la escritura que no se base en la frustración?

Ocupe el concepto de “frustración” para dar a entender que la literatura, como oficio, me costaba particularmente: antes de entrar a la universidad apenas sabía redactar. También, porque la materia prima de la escritura son ideas intangibles, y las palabras que tienes como herramientas, incluso en el español, siempre se hacen pocas. Es como cuando quieres escribir un sueño y resulta muy complicado llevarlo a la realidad. Pero ya no me gusta usar la palabra “frustración”, porque da la impresión de que me estuviera quejando, y soy muy afortunada de poder escribir.  Tampoco veo la felicidad o la tristeza bajo una dicotomía de bien y mal. Lo que me interesa es la experiencia: Sea lo que sea que te lleve a escribir, debe ser algo que te estremezca. En todo caso, el otro día le pregunté a Siri por la tristeza y me respondió lo siguiente: “Dicen que en las mayores tristezas se encuentran las mayores alegrías”. No sé si fue por el tono con que lo dijo, pero sonó bonito.

El mundo de las letras se ha caracterizado por estar ligado principalmente a la elite, la cual ha intentado en momentos salir de su imaginario para darle cabidas a personajes de las clases más bajas. ¿Crees que es problemático que una persona con privilegios de clase escriba sobre otros menos privilegiados? ¿Es un problema cuando, en el caso contrario, autores que no pertenecen a la elite escriben, como diría Romina Reyes, “limpiando su lenguaje de ciertas marcas de clase”?

No creo que sea problemático, pero exige más desafíos a la hora de desarrollar personajes y ambientes. Si el libro es coherente y está bien ejecutado, está bien para mí. Romina es una escritora que admiro y quiero mucho. No conozco el contexto de su respuesta, pero yo no me atrevería a criticar ese tipo de gestos literarios, no antes de analizar qué tipo de recursos estéticos están en juego o cuáles son las búsquedas temáticas del autor.

 

 

En entrevistas anteriores has dicho que tu próximo libro se aleja del cuento para adentrarse en el género de la novela. ¿Cómo ha sido el proceso de escritura?, ¿En qué se asimila y diferencia de la manera en que se realizó “Qué vergüenza”?, ¿De qué trata el relato en términos generales?

Empecé a escribir la novela a principios del 2017 sin saber en qué me estaba metiendo. Han pasado casi dos años y aunque me he divertido y he aprendido mucho, no sé si podría afirmar con exactitud en qué punto estoy. Pero eso también me gusta. Al ser mi primer libro, Qué Vergüenza fue muy intuitivo. Cuando lo escribía ni siquiera tenía la certeza de que fuera a ser publicado, y aunque eso generaba ansiedad, me entregaba a la vez una libertad juguetona y buena. Con la novela me he sentido un poco más presionada en cuanto a los tiempos y las expectativas. Pero a ese temor, trato de sobreponer la felicidad de poder hacerlo: escribir un segundo libro. Y también la felicidad de saber que hay alguien que lo espera, entendiendo esa lectura desde la generosidad y la buena fe. La novela se sitúa en Punta Arenas e intenta responder una pregunta que me hice hace un tiempo. Me pregunté por entonces si era posible escapar de la propia vida, dejar todo atrás y comenzar de nuevo; en limpio y con serias intenciones de ser feliz. ¿Cómo sería un personaje así? ¿Cuál sería su historia? ¿Qué pondría en juego y con qué se encontraría en el camino?.

Has vivido toda tu vida en la región Metropolitana pero tus relatos suelen desarrollarse en lugares poco concurridos y más bien alejados, donde el contexto socio-político no es generalmente un personaje principal. ¿Por qué te sientes atraída por estos espacios?, ¿Qué te llevó a escribir sobre Punta Arenas?

Es interesante lo de “los lugares alejados”, porque tengo la idea contraria. El contexto político es bastante importante en cuentos como “Talcahuano”, con su crisis pesquera, que es algo que ocurrió realmente en los años noventas, o en “Últimas Vacaciones” con la Población Parinacota en Quilicura y su estigmatización criminal. Pero para eso están las interpretaciones. En el caso de Punta Arenas, he tenido que pensar e investigar cada detalle. No conocía mucho sobre la ciudad antes de elegir la región como escenario de la novela. Pero fue casi obligatorio por las referencias noticiosas en las que me basé. De todas formas, resultó un lugar ideal, porque uno de los temas o preguntas que quiero instalar en la novela es cómo sería empezar de nuevo, y la región de Magallanes está muy marcada por distintos procesos de inmigración.

 

 

Has mencionado con anterioridad que Chile tiene una especie de obsesión con “salir de la población”. Sin embargo, esta idea pareciera no detenerse ahí, puesto que incluso cuando alguien alcanza éxito a nivel nacional, se habla de una ‘proyección internacional’. ¿Cuál es tu meta como escritora?, ¿A parte de tu próxima novela, cuáles son tus planes a futuro?

Mi principal meta es seguir siendo una escritora. Porque no creo que es algo que se alcance definitivamente. Al menos no funciona de la misma forma en que obtienes un título, después de cumplir cierta cantidad de ramos. Para mí está en constante desarrollo y renovación, y muchas veces se siente como caminar por la cuerda floja. Una de las cosas más difíciles y bellas de dedicarse a la literatura es que nunca dejas de aprender. Llevo casi tres años escribiendo mi segundo libro y ha sido un proceso creativo muy intenso. En determinado momento, me di cuenta de que la escritora de Qué Verguenza no me servía para escribir la novela que yo tenía en mente, y que debía “convertirme” en una nueva escritora. Al principio me dio terror, porque no sabía cómo hacerlo. Pero ha permitido que disfrute cada día que le he dedicado. Creo que ser escritora es algo que se va “actualizando”, y en ese sentido me gustaría desarrollar variedad de temas, estilos y voces. Complejizar mis puntos de vista. Cambiar, contradecirme. Quiero poner en aprietos a la escritora de cada libro que publique. Por otro lado está el tema económico. No me imagino dejando de escribir, pero a pesar de que hoy puedo destinar gran tiempo a la escritura, siento que la posibilidad de hacerlo de forma cómoda o “profesional” siempre está entre comillas. No sé si será algo de clase o de personalidad, pero siempre pienso en las “vacas flacas”. Como sea, daré todo de mí para seguir dedicándome a esto.

El crítico Camilo Marks, autor de la antología Los Mejores cuentos chilenos del siglo XXI, se refiere al actual estado de la narrativa breve así: “En general me parece bien, pero el problema es que todos los buenos cuentistas después quieren ser novelistas”. ¿Qué opinas?

Estoy cada vez más alejada de ese tipo de diferenciaciones genéricas. A pesar de que me encanta leer y escribir cuentos, no los defiendo por sobre otro género. Empecé a escribir relatos porque era lo más práctico. Podía desarrollar una historia de 10 páginas con el tiempo que me quedaba entre los estudios de la universidad y el trabajo. En la FILSA escuche una vez una teoría al respecto: dado que escribir novelas requería más tiempo de inversión, tal vez el cuento era el género predilecto de los autores latinoamericanos por sus circunstancias socioeconómicas. Parece plausible.