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13.06.19

La transparencia de Matías Aguayo

Extremadamente sensible. Así se define Matias Aguayo. Con más de 20 años de carrera que lo han convertido en uno de los nombres más importantes de la música electrónica mundial, lo que distingue su trabajo es la libertad creativa que, en sus propias palabras, se rige y está motivada principalmente por su sensibilidad y el respeto por lo que realmente importa: la música. Conversamos con él sobre el proceso de creación de su último disco, la importancia de generar comunidades, las desventajas de ser sensible y del machismo dentro de la escena electrónica.
Entrevista: Valentina Millán.

Encontrar y generar lenguajes en común a través de la música y el baile, cuestionar las estructuras sociales y culturales en pos de la creación y la libertad artística, y una reciente lucha contra los algoritmos y las redes sociales.

De estas búsquedas nació su último disco –luego de seis años desde The Visitor (2013)– llamado Support Alien Invasion, lanzado a finales de mayo en conjunto al sello belga Crammed Discs y Cómeme, sello que Aguayo dirige junto a Avril Ceballos.

El disco es una refrescante celebración al movimiento y a las influencias de diferentes culturas alrededor del mundo, en particular del hemisferio sur. Como si fuera un experimento y huyendo de las bases rítmicas tradicionales del house y el techno, a través de intensas percusiones polirrítmicas que se expresan en un lenguaje único y propio, Aguayo buscó crear un “sonido planetario”.

 

 

¿Cómo fue el proceso de creación de Support Alien Invasion?

Nunca me he sentado y he dicho “voy a hacer un disco”. Siempre he estado trabajando en algo y de repente me doy cuenta de que podría ser un álbum. Este en particular partió de una necesidad, porque estaba en búsqueda de música para tocar como DJ y que no encontraba. Empecé a hacer diferentes ritmos y bases que fui perfeccionando entre los DJ sets y que eran principalmente tools para tocar entre los temas, porque por ejemplo me gustaba el ritmo del tribal de Monterrey pero tiene todo un costado estético más EDM que a mí no me gusta tanto, y mientras estaba en eso de “looking for the perfect beat”, lo que iba trabajando se trataba mucho de estructuras rítmicas. Empecé a programar ritmos investigando el tribal, música indígena, sudafricana, pero también el funk carioca y otros ritmos actuales del hemisferio sur que hoy en día me parecen muy interesantes. A nivel audio busqué algo más moderno, casi electroacústico o de alguna manera más cinematográfico, algo muy opuesto a artificialmente crear suciedad. En el transcurso de todo ese experimento me di cuenta de que había algo: todas esas cosas tenían algo en común y así fui desarrollando el disco y traté de encontrar un lenguaje planetario. Me ha pasado mucho que toco estos ritmos a gente de diferentes lugares del mundo y como que todos dicen: «¡Ah! pero estos son los ritmos de nuestra música tradicional», gente de Uruguay, Sudáfrica, en la Isla de la Reunión, etc.

El último trabajo de Aguayo es un llamado a crear nuevas formas y movimientos, rompiendo la manera eurocéntrica de ver el ritmo y el baile. Es por eso que la estética sonora de Support Alien Invasion, lo más “cristalina y transparente” posible, está pensada para un sistema de sonido de club.

 

“Mi misión es la de volver el baile a la pista y no tanto esa cosa de ‘un pasito para la derecha un pasito para la izquierda’, que se ve más en el dj set tech house más de viaje. Para mí la música bailable tiene que dejar mucho espacio para la imaginación y el cuerpo. Que el diálogo con el DJ no sea televisivo en su lógica: eso de estar mandando información y que la otra persona lo esté consumiendo. Una fiesta no solo depende de qué tan bueno es el DJ, sino también de qué tan interesante es el público o cómo se involucra. Porque obviamente un público que baila mucho y que reacciona es algo que a ti en tus sets te inspira y te va guiando. Después no te preguntas cuál va a ser el próximo tema que vas a tocar; ya sabes qué tema vas a tocar porque la pista te lo está pidiendo. Eso es muy importante para mí”, reconoce.

Fue justamente en la Isla de la Reunión, una pequeña colonia francesa en el océano Índico, donde Aguayo encontró los pasos de baile que mejor acompañan el imaginario del disco. Matías tocó su música y unos chicos se le acercaron para decirle: «Hey, pero estos son nuestros ritmos, ¡nosotros sabemos bailar esta música!». Le mostraron los pasos de sus bailes típicos y descubrieron que funcionaban muy bien con los tresillos que Aguayo estaba trabajando. Así, juntos armaron la coreografía de Pikin, el primer single de Support Alien Invasion. “Tratamos de crear una coreografía que no fuera demasiado compleja, que inspire a otra gente a copiar algunos pasos, algunos más basados en movimientos tradicionales de allá pero otros son inventos nuestros, y fuimos tratando de crear un lenguaje común a través de esas coreografías”.

 

 

¿Cómo es tu proceso creativo?

Soy muy sensible; extremadamente sensible. Creo que eso es algo que me aporta a la posibilidad de hacer música porque siempre encuentro algo que hacer. La música habla por sí sola, no siento que tengo que inventar. Lo veo como un proceso muy inevitable para mí; creo que si no hiciera música me volvería loco. Percibo todo como música: escuchar los pájaros, pasar al lado de un colegio y escuchar a los niños gritando en el recreo. No siento que esté inventando algo, siento que estoy lo más abierto a oír lo que ya está, y creo que la música es algo tan fuerte que habla por sí sola. Es un lenguaje muy transparente en el cual uno inmediatamente escucha si hay ego, si hay pretensión. Creo que por eso nunca me siento estancado en el proceso, porque creo que el estancamiento en el proceso creativo sucede solo cuando el ego se vuelve más importante que lo que uno está haciendo en realidad.

 

Cuando hablas de tu sensibilidad pareciera ser más un castigo que una virtud. ¿En qué aspectos es una característica positiva y de qué maneras es negativa?

Creo que la hipersensibilidad que uno ve reflejada en muchos músicos y artistas es una condición que facilita mucho llegar a algo más espiritual o más profundo. Lo difícil es sobrevivir siendo así en una escena hostil, en un mundo que te exige cada vez más cosas que se alejan del ser artístico, como por ejemplo la representación de tu imagen, la idea de que tú tienes que crear una especie de marca contigo mismo y la idea del espacio público, sobre todo a través de las redes sociales. Yo creo que eso no es necesariamente algo que fomente un trabajo artístico, creo que eso es una desventaja para cada ser sensible. Yo hablo con artistas que me gustan y tenemos conversaciones acerca de cómo uno oye las cosas, y que todo es tanto ruido, y que no me puedo mover porque me siento inmovilizado por el ruido que está haciendo la ciudad o la sociedad… son otras conversaciones que las que llevo con el tipo de músico/artista/dj “joven emprendedor”, que desarrolla toda una estrategia alrededor de su trabajo y en el cual la música o el proceso musical solo forma parte de una cosa más grande que le es útil al personaje.

“Yo me siento muy afortunado de llevar ya 20 años haciendo esto y sintiéndome muy libre. No importa si te gusta o no lo que yo hago, pero yo nunca he tratado de gustar, ni de seguir una corriente que está de moda o algo así. Yo creo que es porque estoy motivado por la creatividad y eso es algo clave: cuando intentas hacer algo que tú crees que puede gustar yo creo que eso no funciona, o funciona un tiempo no más. La gente no es tonta, la gente se da cuenta y creo que hoy en día está difícil pero siempre va a haber un espacio para la gente que está realmente motivada por algo poético, por algo de imaginación, por algo creativo que no está motivado por otras cosas”, asegura.

 

 

Fin de la transmisión 

La idea de que los artistas deban crear una “marca” de sí mismos para promocionarse en redes sociales, la explotación de la imagen y cómo esto no fomenta el trabajo artístico, la naturaleza adictiva de las redes, la desconfianza en las grandes corporaciones detrás de los algoritmos que controlan y censuran el acceso a la información y la sobrecarga de esta misma, lo llevaron en 2018 a tomar la decisión de “salirse” las redes sociales. Bajo el hashtag #deleteyouraccount, las últimas publicaciones de su Instagram son escritos propios: “I prefer you in real life” y “Is this a fitting space for our communities?”, con un pequeño manifiesto:

“(…) Estas plataformas “sociales” se basan en estimular las reacciones inmediatas y reflexiones al corto plazo, en un circulo compulsivo de respuestas mayormente irreflexivas. En mi opinión, esa política no representa ni se refiere a cómo la creatividad, la música y la comunicación funcionan. Quiero encontrar formas más libres para interactuar con ustedes, y estoy muy entusiasmado de todas las posibilidades que encontraré para llevar esto a cabo”.

 

¿Cómo generar comunidades artísticas y sociales fuera de los círculos de las redes que hoy parecen ser el único mecanismo, al menos para los artistas jóvenes?

Es complejo. Hay que encontrar soluciones y formar otras redes y otras comunidades y hacer espacio para eso. No sé si tengo la respuesta porque las cosas funcionan de manera diferente hoy en día. Yo me acuerdo que yo hacía un álbum y eso significaba tres año de trabajo, porque la gente tenía tiempo para escucharlo, profundizar y relacionarse con los temas. Hoy en día, donde hay tanta cosa y tanta información, obviamente establecer ese vínculo a través de lo que uno hace es mucho más difícil. Para mí, Cómeme es una posibilidad de apoyar artistas, y lo veo más desde el punto de vista de cómo formar comunidad, estableciendo una plataforma.

 

¿Y cómo sería una comunidad ideal?

Yo creo que es una cultura de diálogo y comunicación. No lo percibo como “comunidad” en el sentido de un grupo, sino más bien de un espacio seguro, un espacio acogedor donde la gente pueda vivir sus libertades sin miedo y sin prejuicio. Que sea una alternativa a la seudo comunicación, que es lo que yo creo es un gran problema, porque lleva a una superficialidad en el discurso. Yo siempre he tratado–y es algo que busco en la gente con la que trabajo– en hablar a través de la música, porque no confío tanto en la palabra. Se trata de encontrar nuevas formas de comunicación o de comunicar algo que no esté basado en estructuras o en formatos demasiado establecidos: hay que tratar de romper realmente con las formas antiguas, inventar nuevas y encontrar un lenguaje que sea distinto.

 

Si hoy en día todo parece ser seudo comunicación, ¿cómo se puede involucrar el discurso en la música y el arte? ¿Cómo se puede hacer funcionar?

Es que ya estamos tratando de hacerlo funcionar de cierta manera, y a veces fracasamos y a veces también son las condiciones en las que vivimos que no permiten ciertas cosas. Pero tengo muchas dudas. Me gusta tender dudas y no tener las respuestas. Hay que tener muchas preguntas y desarrollar esa tolerancia a no necesariamente creer que uno va a entender al otro, porque todos percibimos las cosas de una manera muy distinta. Para mí es más una cosa de establecer otra cultura de conducta y de respeto entre la gente, y tratar de llevar a cabo algo que de cierta manera represente los valores que uno tiene pero sin juzgar tanto al otro, porque el otro también está tratando. Y eso es algo que me cuesta mucho hoy en día; ese reproche que hay, esa cosa tan masculina de definir quién es el más radical, que es un poco “quién la tiene más grande”. Yo creo que la utopía es una gran oportunidad. Decir “Ok, imaginémonos una sociedad, una comunidad que funcione de una manera distinta a cómo está funcionando ahora”, y tratar de ampliar eso a la manera en cómo uno trabaja. En realidad, me siento muy abierto y desconfiado a la vez. Pero uno no está solo, hay mucha gente que también piensa así, y mi motor es siempre hacer música. En el momento en el que estoy en el estudio haciendo música soy feliz y tengo algo de qué agarrarme siempre. Confío en la música y le dedico mucho tiempo y cariño, es como tener un jardín. Cuando uno está regando las plantas uno no piensa: “Uy, yo creé esas plantas”, sino que es más bien: “Traté estas plantas con cariño y por eso están creciendo”. Creo que hay que olvidarse del ego dentro de la música.

 

 

«Algo que me ha llamado la atención muy negativamente dentro de la escena de música electrónica de Santiago es el machismo tan fuerte que hay: el poder masculino dentro de las estructuras, y la agresividad y violencia de ese machismo, que muchas veces proviene de personas que se autodenominan feministas y llevan un discurso bastante claro y radical, pero que no se traduce para nada en sus acciones o sus maneras de operar dentro de la comunidad». 

 

Cómeme decidió hace unos años no editar más trabajos de hombres hasta no igualar la cantidad de producciones femeninas. ¿De dónde nace esta idea?

Tomamos esa decisión porque nos dimos cuenta que solo con la voluntad no funcionaba, en el sentido de que nosotros siempre estábamos abiertos a la idea de que hubiesen más mujeres, pero tuvimos que ponerlo como una regla. En cuanto establecimos eso no nos quedaba de otra y ni nos dimos cuenta de que el año pasado editaron más mujeres que hombres en el sello. Ha sido una aventura y un desafío muy lindo porque el acercamiento es muy distinto al macho alfa que te llena de demos y te habla de lo bacán que es, sino que es mucho más diálogo, es mucho más activo de nuestra parte el buscar y apoyar a las artistas. Muchas veces las mujeres que quieren hacer carrera tienen que adaptar funcionamientos de macho también, cuando nosotros sentimos que no es necesario. A mí nunca me ha gustado mucho la gente que se pone muy adelante y que muy seguramente hablan todo el tiempo de sí mismos y muestran su trabajo de manera ofensiva, por lo que ha sido de mucho agrado trabajar con alguien que te muestra bocetos, con quien puedes conversar.

 

¿Cuáles son esas sutilezas que percibes entre el trabajo o la forma de trabajar de las mujeres, versus la aproximación masculina de hacer música?

Hay grandes oportunidades ahí, porque el macho tiene esa cosa de que las cosas funcionan “de tal y tal manera”, y es un pensamiento muchas veces muy rígido, muy cuidado, el que obviamente se escucha en el resultado. He observado mucho eso de chicas que se ponen a trabajar con productores masculinos que las ayudan en la mezcla y les explican qué es lo que se debe hacer y qué no, cuando yo he observado muchas veces que los resultados musicales más interesantes justamente suceden cuando uno no respeta esas reglas. A veces hay un acercamiento menos técnico y es justamente ahí donde está la gracia, porque si suena mal se puede arreglar, y lo que más te mueve en la música siempre es la idea, no solo el sonido o cómo está producido. En Chile existe una tradición muy fuerte de la idea de virtuosismo que antes se observaba más en la gente del rock. Eso de tocar un instrumento bien, de poder tocar rápido y preciso, y ahora lo mismo se refleja en una idea de cómo hacer música electrónica. La gente busca mucho pertenecer a algo, busca mucho el reconocimiento, y para mí cero se trata de eso, para nada. Porque se escucha en la música al final, se escucha en los resultados. A eso me refiero cuando digo que la música es un lenguaje muy transparente; al final lo escuchas todo.

 

 

 

 

 

 

 

Entrevista: Valentina Millán.