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02.07.19

Arelis Uribe: entre rabia y veredas con tierra

La llamaron por su primer nombre hasta los dieciséis años, cuando se cambió de colegio a un curso donde coexistían otras cinco Danielas. El segundo bautizo se transformó en la investidura a las heridas de la adolescencia. Corrieron dieciséis años más y la ahora escritora Arelis Uribe nos habla sobre la admiración, el periodismo, la música, las casas chicas y las nuevas y viejas heridas de su próximo libro.
Texto: Patricio Toro. Fotografía : Manuela Bocaz.

Siempre sector sur, afirma. Talagante, Gran Avenida, San Bernardo. Allá donde termina la ciudad, donde la tele dice que hay maldad, canta Yorka. De casas pareadas y pasajes pequeños. Arelis Uribe (32) es escritora y periodista. Autora del libro de cuentos Quiltras (2016) y del compilado de columnas de opinión Que explote todo (2017), publicados por Los Libros de la Mujer Rota. Es magíster en comunicación política de la Universidad de Chile y trabajó para la campaña presidencial de Beatriz Sánchez en las elecciones nacionales del 2017. Fue directora de comunicación del Observatorio Contra el Acoso Callejero de Chile (OCAC) y ha escrito para medios nacionales como The Clinic, El Dínamo y Noesnalaferia. Hoy se encuentra trabajando en su tercer libro, el que espera publicar este año bajo editorial Planeta.

En abril publicó el fanzine Cosas que pienso mientras fumo marihuana, un compilado de tweets de su autoría, en colaboración con Fanzina y con ilustraciones de Sofía Flores Garabito.  El titulo le llegó durante el verano, en casa de una de sus amigas con la que se juntó a jugar a hacer fanzines. “Probablemente estaba fumando marihuana cuando estaba con la Cata”, confiesa. Eligió las frases, las agrupó por tema y les dio una estructura. Desde el lanzamiento del fanzine pasa las tardes de sus miércoles sentada en el patio principal del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), vendiéndolos. Uno a dos mil y dos por tres.

Abrigada y sentada como india responde veloz, casi encima de cada pregunta, a un cuestionario de respuestas breves.

 

 

¿A qué te dedicas?

A la escritura. Siempre tuve diarios de vida, escribía cartas y después estudié algo relacionado a la escritura. Luego salió esto de hacerlo más profesionalmente, pero a la vez todo siempre muy artesanal y amateur. Así fue no más, nunca dejé de escribir. Todo el mundo escribe, desde chicos, es casi una de las primeras cosas que te enseñan.

 

En una entrevista mencionaste que no te gusta escribir, sino más bien…

¿Haber escrito? Sí, escribir es difícil. Para escribir tengo que estar sola. Sistematizar algo en una obra me toma caleta de tiempo. El fanzine que ahora estoy vendiendo acá me tomó harto, es difícil… bueno, como toda disciplina cuando se quiere desarrollar de manera profesional, me imagino.

 

¿A qué te gustaría dedicarte?

A la música. Ni la pensé esa jaja, no sé de dónde salió.

 

¿Una canción que odies y una que ames?

No sé si es odio, pero la música que es muy heavy metal, que es muy distorsionada, que es muy agresiva no me gusta, prefiero lo calmado. Una canción que ame, entonces, puede ser la que estaba escuchando, Paloma Ausente de la Violeta Parra; es tan hermosa. Me encanta el folclore y los instrumentos de cuerdas, aparte Violeta Parra canta como pájaro, campesino, francés, chileno, proleta de una manera hermosa. Todo lo que hace me parece hermoso.

 

En otra entrevista mencionaste que entiendes la música como un soporte más para contar historias. ¿Cuáles son para ti las ventajas que tiene una canción por sobre un cuento?

Lo que me cuesta en la música, y creo que son las mismas palabras que podría usar para hablar de la escritura, es que todavía no encuentro mi voz. Siento que en el arte todo se trata de encontrar la voz propia y en el canto no la he encontrado, por eso me cuesta hacer canciones, porque cuando canto siento que es feo, que canto feo. Pero a la hora de escribir, componer o crear, cada cual encuentra su forma. No es muy distinta la manera de hacer canciones que la de hacer cuentos. Quizás en una canción es más veloz, en el sentido de que el texto es más cortito, pero es más difícil hacer la música, los arreglos y poner la voz. En cambio, en el cuento las dificultades son otras. También sostener una voz escritural durante mucho tiempo porque un cuento no se escribe en un día. O si lo escribes en un día igual en el rato que estás escribiendo, que pueden ser cuatro horas, tu voz puede cambiar. Puedes recibir una noticia en el celular que te cambie el ánimo. Al final, escribir es sostener una voluntad.

 

¿A quién admiras?

Uff, a todo el mundo por alguna razón. Ahora mucho a la Violeta jaja. Es que terminé recién de leer su poesía completa y me gustó mucho. Me encuentro en ella. En su cara chola, en su familia proleta, en su deseo a cantarle a lo humano y lo divino, en el desamor por el gavilán. Todos admiramos a la gente por distintas cosas. Demás tú admirai a tu mamá por algo o a tus amigas o a mí o a ti mismo. Creo que la admiración es una cualidad súper bonita y muy inherente del vínculo humano.

 

Una chica con una patineta bajo el brazo se acerca cautelosa, preocupada por no interrumpir.

–Hola, ¿cómo estay?, dice Arelis, a lo que pronto agrega: –¡Ay! ¿andai en patineta?

–Sí jaja. Estoy aprendiendo.

–Qué bacán. Fanzines, ¿cierto? Oye qué interesante tu existencia. Ahora podré contar que vino una chica en patineta a comprarme fanzines.

–Pucha pude haber llegado andando, hubiera sido más bacán.

–¿Y de dónde vienes en skate?

–De ahí no más. Ahora voy pal Borja, allá estoy practicando.

–Ohh qué bacán. Viste, acabo de admirar algo de una persona nueva. Estábamos hablando acerca de la admiración.

–O sea no sé si es tan admirable, pero sí es bacán jaja. Ahora me voy a ir andando, para verme admirable.

–Te voy a grabar.

–Ya y si me caigo, filo. Le pones ese filtro de teleserie triste en Instagram: tanana.

La chica lanza su patineta al suelo y con la misma rapidez se monta en ella. La amo o la amo, dice Arelis. ¡Ya, viste! eso pasa. Llega alguien y uff, admiración. Gente nueva a tocarte lugares que no conocías.

 

 

El límite es la verdad

 

Arelis escribe columnas, cuentos, ensayos, crónicas y canciones. Todos géneros inevitablemente cruzados por la autobiografía. Entre más adentro te vas, más hablas de lo universal, dice. La política es una forma de hacernos daño era el título tentativo del nuevo texto de Uribe, un viaje autobiográfico marcado por momentos de cambios de paradigmas políticos y personales en su vida. Un viaje de tantos cambios como el que ahora vive su próximo libro.

 

¿Por qué piensas que la política es una forma de dañarnos?

Porque siento que lo que nos mueve a vivir es un fuego interior y sacar ese fuego nos quema a nosotros y quema a los otros, más allá de cualquier moral. En ese juego de fuegos cruzados siempre nos pasamos a llevar un poquito entre nosotros, como si la defensa siempre fuera un ataque o la realización de la voluntad también fuera un poquito violencia. Siento que la política es la administración de las heridas que nos estamos haciendo todo el tiempo y que la ley es el intento de resarcir el daño que parece que las personas nos vamos a producir inevitablemente por estar vivos y estar vivas.

 

¿Cómo cambió tu percepción de la política después de trabajar en la campaña a la presidencia de Beatriz Sánchez?

Ufff. Encontré que tenía cosas hermosas y cosas horrorosas. Cosas hermosas como el sentido de compañerismo, como el dar la vida por el proyecto. Yo en verdad no tenía vida en ese tiempo, era todo para la campaña, toda mi voluntad para la campaña. Dejé de ver a mucha gente, dejé de hacer todas las cosas que me gustaban por un proyecto político y eso es lindo, disolverte en el colectivo, trabajar por algo en lo que crees y que es mayor que tú; es lindo eso, es bacán, muy parecido a lo que sentí cuando trabajé en el OCAC, ese sentido de colectividad. Pero al mismo tiempo igual hay ego. El poder no está solo en La Moneda y el gusto de ir a disputar el poder no es solo eso, también existen jerarquías dentro de las organizaciones políticas o de las colectividades y también militar es una forma de hacernos daño.

 

¿Volverías a trabajar en una campaña política?

No sé, no sé, no sé.

 

Leí que a Planeta le gustó solo una parte de tu manuscrito original.

Sí, y eso es lo que queda. Lo otro estoy tratando de re escribirlo, de re dibujarlo, de re interpretarlo, pero las ideas que estaban escritas ahí todavía las quiero decir, sino siento que el libro está cojo. Estoy buscando la forma todavía, estoy conversando con mis editores también, pero una parte del grueso del libro que sigue presente, y que es su corazón, tiene que ver con la forma en la que yo escribo, que es la narrativa personal, muy autobiográfica, y creo que el libro ahora se llamará Las Heridas, y las heridas que están presentes son la familia, la infancia, el amor de pareja, la adultez asociado al trabajo y a Chile, como el 2011, por ejemplo. Y la muerte, del padre en particular, pero la muerte en general.

 

¿Cuál es tu límite en la autobiografía?

La verdad es el límite, po. La verdad, la verdad. En el texto que escribí sobre mi padre me lo cuestioné. Esa parte es sobre los dos días en los que muere mi papá. En ese momento se develó un secreto familiar que nadie tenía previsto y del que nadie tenía control, ni siquiera él, por eso se develó. En el texto me pregunto esto: ¿Puedo contar la historia de tu muerte sin contar esta parte? Ese es el límite: la verdad. Las personas son complejas, con sus secretos, con sus fisuras, yo también. Y mientras más escarbo en esas oscuridades, que son las heridas, creo que más honesto es el texto, porque es donde más habito, en las emociones que no controlo. No puedo decir “Oyy mi familia es súper bacán, nos llevamos súper bien. Nos juntamos a comer todos los domingos y todos nos reímos de los chistes de mi mamá”. Es mentira. Hay heridas, hay cosas que a mí me han dolido de mi mamá. Hay cosas que estoy segura que a mi mamá le han dolido de mí y así es el vínculo, porque la política es una forma de hacernos daño.

 

 

Dejarse inundar por la rabia

 

Arelis es periodista titulada de la Universidad de Santiago de Chile (USACH), pero su relación con este oficio es anterior a su paso por la academia. En el 2005, cuando vivía en La Cisterna, llegó a su casa El Mercurio junto a la revista Wikén, la que anunciaba su convocatoria abierta a los talleres para jóvenes columnistas del diario. El resto es literatura, escribió Zambra. En el caso de Uribe, también es periodismo.

 

¿Por qué te gusta tanto el periodismo?

No sé jaja. Me encanta, pero siempre lo he ejercido mal, siento. Me gusta porque me gustan las palabras, porque no hay nada que me conmueva más que un texto bellamente escrito y más cuando ese texto dice sobre la vida de las personas. A veces la ficción me parece un lujo, porque hay tantas cosas pasando allá afuera, tan dolorosas, tan impresionantes, tan necesarias de ser sabidas, que estar inventando historias me parece ya un para qué, si la realidad es más. Y la realidad merece ser contada, los dolores de las personas en su cotidianidad merecen ser contados, porque el buen periodismo me parece un acto de justicia. Develar una verdad, que alguien se dé el tiempo de develar algo que es enredado y que no está clarificado. Y porque es lindo. Se trata de las historias de las personas y qué lindas son las personas y sus historias. Y desde el ego, es que me encanta cuando mi nombre está impreso en un texto que me gusta como quedó, es como para pegarlo en el refri; me da orgullo.

 

En otra ocasión comentaste que tus columnas vienen desde un lugar de rabia. ¿Qué te da rabia hoy?

Siento que estoy volviendo a la lucha de clases, porque hubo un tiempo en el que habité mucho el feminismo, siempre interseccional, siempre de clases, pero como que pareciera que tiene que haber una hegemonía de la militancia o en el alma a veces, eso me pasa a mí. Después estuve muy adentro. Muy en la muerte, muy en el amor, el desamor, el vínculo humano de tú a tú, la familia, la proximidad, la intimidad.

 

Era lo que estabas viviendo. Cuando pasas por ese tipo de emociones y procesos pareciera que no se puede escribir ni pensar en otra cosa.

Sí, me desbordaba. Ahora esas cosas están un poco más calmadas, más no muertas. Me he dejado llevar de nuevo por el resentimiento. Por ejemplo, mi hermana y mi familia viven en una parte que se llama Ochagavía, que es el límite entre San Bernardo y El Bosque. En ese lugar hay cuatro o cinco plantas de cemento y quieren instalar una nueva mega planta. Lo único que tienen para jugar los niños allá es tierra, tierra, tierra. Esa hueá es lucha de clases. La contaminación en la zona de sacrificio es lucha de clases. Y me da pena y me da rabia porque mi familia vive en casa chica, donde el patio se ocupa como ampliación y donde los pasajes son angostísimos, donde tienes apenas una plaza y si quieres ir al parque tienes que agarrar la micro o el auto e ir al Chena, no es como acá. Yo viví un tiempo al lado del Parque Bustamante, ahora vivo cerca del Parque San Borja. Hay comunas de Santiago donde las áreas verdes son mayores y son las comunas ricas. No está bien, y esa hueá me duele, me da rabia, porque es injusto.  Y quiero dejarme llevar por esa rabia, porque quiero hacer canciones desde ahí, quiero hacer canciones protesta. Por eso me gusta tanto la Violeta Parra, porque no solo le canta al gavilán que le rompió el corazón, también canta contra la Iglesia, canta contra el dolor de la violencia hacia los mapuches, sus dolores de clase como hija de trabajadores. Me quiero dejar inundar por esos dolores, por esas rabias.

 

Y ese es el mundo de Quiltras. Un lugar común que ahora también está siendo retratado con un nuevo impetú, quizás desde esa rabia también, por escritoras como tú, como la Josefina Gonzales, como Paulina Flores o Romina Reyes. Paisajes en donde la Coca Cola de dos litros no falta al centro de la mesa.

Cuando empecé a escribir esa era mi pulsión. Porque yo había leído literatura chilena proleta, pero no me había dado cuenta, como a Manuel Rojas, por ejemplo. Pero la literatura chilena contemporánea me parecía muy cuica y lo es, en general. Estaba Fuguet y la María José Viera-Gallo, que en sus libros hay belleza. Siempre me acuerdo de una parte de Mala Onda de Fuguet donde están en la casa de la Rosita o la Bernadita no sé cuánto y el narrador está hablando de que está la mina que le gusta y dice algo así como que le encantaría tener la certeza de que algo de lo que él sintió se depositó en el otro, y lo encuentro tan lindo porque también lo he sentido. Esas ganas de saber lo que sientes, esas ganas de saber que te invadí un poco y que tú también me invadiste, y lo encuentro bello y quién no ha sentido eso, pero eso transcurre al lado de una chimenea po. Me podía identificar con lo que sentían, pero no en la forma y en los lugares o contextos en los que vivían. Cuando empecé a escribir mi intuición muy elemental, era ok, yo también voy a escribir de lo mismo, del amor, de los padres, de ir al colegio, de querer ir a la universidad, de tenerle miedo a la adultez, pero desde Gran Avenida, desde casas chicas, desde veredas con tierra, desde colegios con caca de paloma, y eso es lo que escribo, porque eso es lo que soy yo.

 

Texto: Patricio Toro. Fotografía : Manuela Bocaz.