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24.09.19

El legado de Paris is Burning a 28 años de su estreno

Una historia sobre dolor y arte podría contarse en cualquier época. La de Paris is Burning se contó en los noventa. El documental, dirigido por Jennie Livingston, utilizó el mundo del drag como metáfora de un dialecto que cuestiona y sobrevive a la tragedia brutal del contexto racista, homo-transfóbico y marginal que enfrentan las comunidades LGBTQ+. Y hoy, 28 años después de su estreno, ninguno de sus protagonistas está vivo para ver su legado y la cinta, tristemente, no es un recuerdo del pasado, sino la radiografía de las vidas que permanecen siendo una lucha.

 

Paris is Burning no es ficción, aunque muchos quisieran que así lo fuera. El documental, estrenado en 1991, es la evidencia de la creatividad cultural de la comunidad LGBTQ+ de cara a la persecución física y social a la que estaban -y están- sometidos. Cuando la directora Jennie Livingston comenzó a grabar, se esperaba lentejuelas y bailes, pero se encontró con algo mucho más poderoso: la dignidad y la expresión de una colectividad como alternativa a la ideología que los mantenía excluidos, y ese mensaje fue lo que la cautivó durante los seis años que duró el rodaje. Y así, pudo vislumbrar que tal opresión generaba vínculos muchos más fuertes y que esa era la metáfora que el mundo del voguing y el drag quería expresar; los artistas son los que, a través de la performance, juzgan al mundo que los ha juzgado por décadas.

Y es por esto mismo que el tema de las clases es uno de los tópicos que más toca a las minorías no heterosexuales, tanto en los ochenta como ahora. La cultura drag se ríe, subvierte y exagera la lógica heteropatriarcal de tal forma que cuestiona la pobreza, homofobia, racismo y transfobia que atraviesan de forma cotidiana. A través del baile, la moda y el arte se crea un llamado de atención a los estándares establecidos por una cultura tradicionalmente patriarcal y machista, que se configura en guía a etiquetas, binarismo y cimientos que construyen según dominio y sumisión de sus partes, dejando excluidos a quienes no encajan en el patrón. Y cuando no se encaja, el ball aparece como la forma de alcanzar lo inalcanzable, de tocar algo que nunca se les ha permitido tener. De expresar los sueños rotos.

 

 

El primer ball ocurrió en 1977, cuando Crystal LaBeija, la madre de la House of LaBeija, organizó el primer evento de esta categoría inspirado en el mundo de la moda, como lo hacían las Casas de Chanel y Dior en la alta costura. El concepto se tomó cada rincón de los espectáculos underground neoyorquinos y de un momento a otro, fraternidades de dragqueens comenzaron a realizar sus propios espectáculos. De esta manera, ya a principio de los ochenta, los artistas más jóvenes luchaban por ser parte de una casa y poder competir en los bailes con el respaldo que su nueva familia les entregaba.

Cada casa era liderada por una “madre”, quien tomaba el papel de protección y crianza de niños y jóvenes abandonados, y así también, de mentora en la búsqueda del éxito como símbolo de resistencia a través del espectáculo visual. Lo que cada joven perdió dentro de su familia y la sociedad, el mundo del drag se lo devolvía. El ball se convirtió gradualmente en el refugio de quienes escapaban de la miseria y reclamaban el mundo de los ricos, aunque solo fuese una ilusión.

 

Y ese refugio fue el hogar de Venus Xtravaganza, que solo tenía 20 años cuando Paris is Burning comenzó a ser grabado. Sin embargo, sus inicios en el drag se remontan a más temprana edad, cuando a sus 13 años, producto de la transfobia en su núcleo familiar, tuvo que dejar su casa y deambular en refugios infantiles. En 1983, la House of Xtravaganza, grupo famoso de la escena drag, la aceptó en sus filas sin hacer una audición; se enamoraron de su talentosa y dulce presencia con tan solo verla.

Además de la performance, la joven promesa ejercía el comercio sexual en el centro de Manhattan para financiarse una operación de reasignación de sexo. Operación que nunca logró, porque en la navidad de 1988, mientras el documental seguía en grabación, Venus fue encontrada muerta debajo de una cama en el Hotel Duchess en Nueva York. La causa de muerte: estrangulamiento.

Durante las tomas del documental, Venus Xtravaganza le comentó a Jennie Livingston que una vez estuvo al borde la muerte. Todo ocurrió cuando en un encuentro sexual, un hombre intentó matarla luego de descubrir que era trans, y que logró escaparse de esa situación casi por ayuda divina. Por esto mismo, se estima que su asesinato ocurrió de forma similar, pero nunca encontraron al responsable, o simplemente la policía no ocupó el tiempo en buscarlo. La memoria de quien quería ser una “chica blanca y rica” para no sufrir más, debería seguir doliendo. A 31 años de su muerte, es el recuerdo de la vulnerabilidad y resistencia de los menos privilegiados que aún se desangran por los ataques sistemáticos de odio.

 

 

En el Chile actual, según cifras entregadas por el Sindicato Amanda Jofré, cada año son asesinadas alrededor de treinta trabajadoras sexuales trans. Sin embargo, no existe un registro oficial, por lo que se estima que la cifra real es mayor. Sumado esto, tampoco existe una legislación que garantice protección a las disidencias sexuales, y casos como los de la dragqueen y activista chilena Canela Inbenjamin, quien fue encerrada y golpeada por trabajadores de la discoteque Row 16 luego de realizar su show, quedan impunes y se suman a la sangre derramada de la que este país es cómplice en materia de derechos humanos.

No obstante, la magia de Paris is Burning no es una historia trágica como principio, sino más bien es la llama que ha encendido la lucha y el talento, tanto en su natal Estados Unidos como también en tierras chilenas. Y ahora, el legado de quienes hicieron esto posible, es una industria que va más allá de la competencia, sino que se empuja hacia un show fraterno y penetrante hasta en el último rincón del mundo, como se vive también en Chile. El arte del drag siempre ha sido parte de la vida nocturna nacional, pero fue en los últimos años que ha dejado de vivir en un nicho y se ha convertido en un espectáculo que atrae cada vez más seguidores, y por ende, más visibilidad.

 

 

 

El voguing fue la expresión más explícita que se dio en la comunidad y surgió dentro de la misma en los mediados de los setenta en Harlem, marcando un antes y un después en la cultura del baile. Sin embargo, erróneamente y producto de la invisibilización a la que estaban expuestos los grupos LGBTQ+, años después, el voguing se acuñó a Madonna, quien en 1990 lanzó la canción Vogue, ícono de la cultura pop. Pero años antes de aquel hito, Willi Ninja ya había deslumbrado a la directora de Paris is Burning con una coreografía imitando las poses de las modelos de las revistas de moda y fue ese baile el inicio del documental y le entregaría las fuerzas a la cultura del ball.

Ninja, padre de la House homónima, quien convirtió la pista de baile en un ring de lucha y respuesta social que emulaba la violencia de una manera artística y de protesta, fue el único de sus pares que logró vivir la fama que provocó el estreno del documental, y a pesar de que fue por pocos años, destacó al modelar para Jean Paul Gaultier y bailar junto a Janet Jackson. De un momento a otro, la cultura que consistía en copiar y mofarse de lo existente logró tener espacio en esa utopía de luces y fama que se veía tan inalcanzable.

Tiempo después del éxito del voguing, Willi Ninja falleció producto de una falla cardíaca provocada por el VIH, tal como muchos de sus pares que formaron parte de los inicios de este movimiento. Dos años después que Paris is Burning fuera estrenada en el Festival de Sundance, Dorian Corey, su compañera, también murió por complicaciones relacionadas al virus y la luz que esparció el documental no logró iluminar su carrera ni darle la posibilidad de ver el potente legado que tanto ella como los demás artistas de la escena expuesta por Jennie Livingston forjaron y provocaron lo que el drag significa en la actualidad. A finales del siglo pasado, las disidencias sexuales eran erradicadas del sistema, ya fuera por la pobreza y violencia sistemática, como también por el flagelo que ha implicado el VIH y su estigma dentro de la comunidad, lo que marcó a la cultura LGBTQ+ hasta los tiempos actuales.

El legado de estas reinas aún perdura en los sonidos de los tacones aguja que se oyen en las escuelas de baile y en clubes nocturnos del ambiente, de manera invisible existe en las coreografías de los nuevos íconos pop y en las pasarelas de la moda contemporánea, y en cada lucha, que enfrentan las disidencias y quienes viven con VIH, de manera admirable, solidaria y orgullosa.

 

 

La influencia de Paris is Burning y el ball en la actualidad es un recordatorio de que la comunidad LGBTQ+ permanece en constante ataque, a pesar de las condiciones que han cambiado en el tiempo. El carnaval de la diversidad esconde que cada seis días ocurre una agresión física a alguien disidente sexual en Chile y que, tal como les sucedió a los iconos de esta cultura, el estigma y la violencia social, sanitaria y machista sigue pesando sobre una comunidad completa.

El drag se ha convertido en el arma de lucha y es el espacio donde se rompen los códigos que encierran a la comunidad en una etiqueta. Es un batallón de guerra que ha ido mutando e incorporando nuevas caras, como lo son las bioqueen y los dragkings, así como también ha manejado un nuevo sentido, donde el premio no es un trofeo, sino que es la liberación de la colectividad a través de una nueva mirada estética y artística de lo que es el ser humano.

Paris is Burning nunca dejará de estar en llamas porque esta es la historia de un legado de quienes no tuvieron derecho a celebrar ni a vivir en el pasado, y que fue transmitido a quienes, tras la extravagancia, portan la declaración de los que estuvieron sentenciados y se les negó la existencia. Pero mientras el drag exista, la luz de Paris is Burning brillará en cada mirada y se incendiará en cada corazón disidente.