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23.01.20

Gucci Fall Menswear 2020: burlándose del conservadurismo

La socióloga Rebeca Montenegro analiza la pasarela masculina de Gucci otoño/invierno 2020. Jugando con los códigos conservadores que pesan sobre las nociones de edad y género, la colección es una invitación a reconsiderar la fragilidad e inocencia de la infancia, para así liberar desde el origen las ideas tóxicas de masculinidad.


Llegar a ver ideas revolucionarias, transformadoras y/o disruptivas en la moda de lujo europea puede parecer una tarea difícil, incluso como algo artificial. El lujo se burla de lo mundano, de lo real, y hace más evidentes las injusticias que, desde nuestro continente, vemos a diario.

Pero también podemos analizar la pasarela como una plataforma de impulso al cambio desde la labor del diseño. Podemos verla como un espacio, muchas veces sacralizado, en donde un diseñador puede ocupar la belleza, la innovación, la visibilidad mediática y el deseo de consumo como una instancia de cuestionamiento de valores y nociones tradicionales. Como un espacio en el cual, mediante la admiración y el deseo, se pueden modificar estructuras que fueron, de hecho, impuestas de la misma forma.

A ver si los logro convencer con un ejemplo. Gucci Menswear Fall 2020 en Milán. Alessandro Michele,  luego estar en la tribuna de los acusados por blackfacing y banalización de los problemas de salud mental, presenta una colección controversial, pero esta vez en un mejor sentido.

 

 

Siguiendo la línea que viene construyendo desde su llegada a la firma el 2015, la colección más reciente tiene una particularidad que la hace una propuesta más política, y quizás, probablemente de manera inconsciente, más sofisticada. Toma como referencia base dos grupos etarios o sociales que no son parte de la vorágine liberal que es la moda: los adultos mayores y los niños.

Lo interesante es lo siguiente: ¿Por qué elegir abuelos y niños para una colección que se presenta a sí misma como una que desafía la masculinidad tradicional? Quizás porque mediante contradicciones, incomodidad y sátira, el mensaje penetra más profundo.

Las generaciones se suceden y entre una y otra comienzan las tensiones. Peleas en Navidad y frustración en Año Nuevo; tu abuela aún se resiste a entender que la categoría de hombre no es suficiente para definir quién eres. La babushka, abuela o señora mayor del este de Europa, región conservadora y cristana ortodoxa, fue la figura con la que Michele dio inicio a este juego de apropiación y sátira de reconceptualización de la vejez.

Y en esta última colección, los chalecos, pañuelos, abrigos y collares nuevamente nos hacen dilucidar la presencia de una generación cuyos valores van quedando atrás. Una estética refrescantemente anticuada: abrigos de lana con aires de Jackie Kennedy y Elizabeth II, cárdigans sin mangas sobre camisas cuadrillé, sombreros bolero. Conservadurismo estético vuelto estilo y excentricidad en su máxima expresión.

 

 

A estas referencias generacionales se suma un viaje a la niñez. Pero no cualquiera: es un viaje hacia la niñez de Iglesia, al catolicismo encarnado en la ropa de niños y niñas. Vestidos con cuellos peter pan, zapatos de colegio con calcetas blancas, cuellos cuadrados de encaje con aires puritanos.

Desde el conservadurismo, la niñez es considerada sagrada. Es la etapa de la vida libre de pecados, pero también del peligro, de la vulnerabilidad a ser corrompido y llevado por el mal camino. El conservadurismo, en desmedro de la educación libre e integral, cree proteger la infancia otorgándole una pureza divina que debe resguardarse de lo que hoy algunos ridículos llamarán ideología de género, es decir, la posibilidad de descifrar libremente tu identidad sin imposiciones valóricas y patriarcales. Debe cuidarse la niñez, por tanto, del peligro del género libre. Sin embargo, lo que muchos conservadores parecen no entender, es que los estereotipos de género son más dañinos que la libertad de expresar y encarnar la propia masculinidad, feminidad y fluidez de género que ajuste mejor a tu búsqueda de identidad personal.

Hasta acá son solo referencias, pero recordemos que la colección se enmarca y se presenta a sí misma como una colección de ropa masculina. Son hombres con sombreros y collares de mujer mayor, son hombres tatuados con vestidos de niña católica.

 

 

 

Así la moda, aunque sea de lujo, una vez más nos demuestra que utilizando las referencias correctas puede crear mensajes potentes que incomoden a quienes hay que incomodar. Mensajes que nos hagan sentir más seguros de las transformaciones que son necesarias, y que la separación entre «ropa de hombre» y «ropa de mujer», incluso en la alta moda de lujo europea, carece cada día más de sentido.