Columna
07/12/2023
07/12/2023

La moda como expresión de identidad en la tercera edad: entre la invisibilidad y la hiper-visibilidad

“Cuando era joven era muy provocativa. Si algo estaba a la moda, yo me lo ponía, aunque fuera extravagante. No me importaba lo que pensara el otro, no era clásica ni conservadora. Por ejemplo, usaba los peinados muy batidos y altos en su época. Las señoras gallegas me miraban con cara de disgusto.”– Mary, 85 años.

Mary dice que no sabe de dónde sacó tanta confianza y seguridad para ponerse lo que usaba de joven. No se olvida de un vestido que se confeccionó con una tela de gasa que le envió su cuñada desde Estados Unidos, que era color mostaza, y con lunares grandes.

Sin embargo, hoy en día, Mary se acerca a la vestimenta de manera muy diferente:

Mary: “No me puedo poner un modelo extravagante con 85 años… Cuando sos joven todo te queda mejor, cuando tienes mucha edad tenes que cuidar de no hacer el ridículo, de vestir más clásico.”

Carolina: “¿Qué es algo clásico para vos?” 

M:  “Si es un vestido, tiene que ser tranquilo porque tiene mucha cantidad de tela, es como que aturdes si no. Si es una blusa, aunque sea estampada, la combinas con algo liso y apacigua el furor de la blusa. En un vestido es como mucho.” 

C: “¿Qué crees que pasaría si te vistieras con ropa más de ‘joven’”?

M: “No me sentiría cómoda, quedaría como una vieja desubicada. Cada cosa tiene su momento, cuando sos joven está todo más permitido, cuando te venís más grande tenés que medirte para no hacer papelones, y sentirte segura.”

Muchas mujeres consideran que su momento para expresar su identidad a través de la vestimenta termina cuando se vuelven mayores. Mary siempre fue y sigue siendo una persona de mente abierta, sin prejuicios, y con poca consideración por la opinión de los demás. ¿Por qué pone el límite en la ropa? ¿Qué juicios morales se nos adjudican a partir de la ropa que usamos, y especialmente al alcanzar la vejez? ¿Qué discursos surgen a partir de un movimiento más “age-positive” en la moda, y qué problemas acarrea?

Según la escritora Susan Sontag, el doble estándar del envejecimiento significa que las mujeres mayores se transforman en socialmente invisibles a medida que pierden la moneda de cambio de la belleza. Y, conforme a esta invisibilidad social que se les adjudica en la vejez, muchas editan y limitan su vestimenta para no llamar la atención. Esta creencia suele dictar que, una vez alcanzada cierta edad, hay que limitar las opciones de moda a colores tenues, adoptar estilos “favorecedores” y optar por ropa conservadora.

En cambio, este estándar difícilmente aplica para los hombres, ya que las cualidades por las que adquieren estatus social como la competencia, la autonomía y el autocontrol, no son necesariamente amenazadas por la desaparición de la juventud. Como bien explica Sontag, “a los hombres se les ‘permite’ envejecer, sin penalización, de varias maneras que a las mujeres no.” Es así que Patrick Dempsey, de 57 años, con arrugas y pelo canoso, fue nombrado como el hombre más sexy del 2023 por la revista People.

 

La vejez muchas veces se asocia a la asexualidad, pero pareciera que esto aplica más que nada a las mujeres. Sontag dice que “para la mayoría de las mujeres, envejecer significa un proceso humillante de descalificación sexual gradual (…) El cuerpo de una anciana, a diferencia del de un anciano, se entiende siempre como un cuerpo que ya no puede ofrecerse, mostrarse, desvelarse.”

De ahí se desprende el hecho de que las mujeres mayores sean invisibles en nuestra sociedad: son mujeres sin validez sexual. Y, como la ropa es un mediador clave entre el cuerpo y el mundo social, es evidente por qué estas mujeres buscan pasar desapercibidas.

En la última década, gracias al empujón del movimiento feminista y body positive, varias mujeres de edad avanzada, en general celebridades, posaron para campañas de diseñadores y portadas de revistas.

Joan Didion posó para Céline a sus 82 años en 2015, Jane Fonda y Helen Mirren posaron para L’Oréal, y recientemente Maggie Smith a sus 88 años posó para una campaña de Loewe. En abril de este año, una tatuadora indígena de 106 años fue la chica de portada de Vogue Filipinas. Surgieron blogs de moda que presentan los street looks de mujeres mayores, como el caso de Advanced Style, y se hicieron populares los perfiles de influencers como la increíble Baddie Winkle (recomiendo altamente ver su perfil de Instagram y seguirla).

Pero, como bien explicó la investigadora Annika Gralke, pareciera que, a partir de cierta edad, las mujeres deben decidir entre volverse invisibles o hiper-visibles para ser reconocidas. Los discursos age-positive en la publicidad y la moda también, en muchos casos, inadvertidamente denigran culturalmente a la vejez.

¿Qué quiero decir con esto? Empujar el discurso de que las mujeres mayores están llenas de vitalidad, energía y proyectos, igual que una persona joven, puede ser problemático en un punto. Así como el movimiento body-positive en muchos casos coloca el núcleo del problema en una cuestión individual, en vez de identificarlo en una estructura social, ocurre lo mismo con el age-positive.  

Laurie Russell Hatch explica en un artículo sobre género y edadismo que algunas mujeres mayores responden a las realidades físicas del envejecimiento estableciendo una diferencia entre su edad cronológica y su edad e identidad subjetivas o sentidas.

No queda claro si esto funciona más como una estrategia adaptativa, o como un esfuerzo por identificar formas de “no ser viejo”, por ejemplo a través de una identidad juvenil o de sus actividades y capacidades físicas. La presunción de un «yo sin edad» que se oculta bajo una apariencia envejecida es «en sí misma una forma de edadismo, que priva a los viejos de uno de sus recursos más duramente ganados: su edad.»

Es decir, pareciera que la gente mayor, al enfrentarse al nuevo estatus social que se le adjudica, entiende que es su propia responsabilidad mantenerse “juvenil” para preservar su posición en la sociedad. Se entiende como un problema individual, en vez de cuestionarse por qué vivimos en un mundo que desmerece de tal manera a las personas mayores, tengan o no vitalidad.

Si llevamos esto al caso de la vestimenta o la belleza y las mujeres mayores, los discursos que circulan son dos: “Borra los signos de la edad” o “Abraza tus canas y sé una mujer audaz, vital y llena de energía”. Es decir, si no podés borrar los signos de la edad y parecer joven, las únicas formas de envejecer con gracia son o volverse invisible, o ser tu versión más llamativa y activa. 

Pero muchas mujeres mayores saben que, al vestirse de manera hiper-visible, se exponen a todo tipo de comentarios y a juicios morales. Si se visten y actúan como “viejas”, están derrotadas y no se aman lo suficiente a sí mismas. Y si se visten como jóvenes, las perciben como “desubicadas”, como dice mi abuela. Nunca pueden ganar.

Por eso, me gusta cuando las mujeres mayores son representadas en la moda y la publicidad como exactamente lo que son: personas grandes, con una vida interior rica, y con un cuerpo que tiene signos del paso del tiempo que ninguna crema o cirugía puede borrar.

Al final, me da más miedo cómo la sociedad me va a tratar de vieja, que los cambios que voy a vivir en mi cuerpo. Como dice Susan Sontag, “el envejecimiento es mucho más un juicio social que una eventualidad biológica”. Hoy en día tengo 26, y si no es que nuestro concepto de la vejez cambia en las próximas décadas, espero de grande tener la valentía para seguir vistiéndome como yo misma, ni más ni menos.

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