Las locas son mis ancestras - Galio
Columna
30/06/2020

Las locas son mis ancestras

La historia del arte en Chile le debe mucho a las locas. Carlos Leppe, Las Yeguas del Apocalipsis, Lorenza Böttner e Hija de Perra son nuestras ancestras, quienes pusieron sus cuerpos y obras antes que nosotres para que hoy podamos desbordar nuestras identidades. Una columna del artista visual Sebastián Calfuqueo.

 

 

Uno de los primeros registros escritos, que hoy se vuelve archivo para una genealogía, es el relato de Víctor Hugo Robles, activista seropositivo, que en su libro “Bandera Hueca” describe la primera rebelión pública de locas realizada el domingo 22 de abril de 1973, en plena Unidad Popular.

 

La Raquel, La Eva, La Larguero, La Romané, La José Caballo, La Vanesa, La Fresia Soto, La Confort, La Natacha, La Peggy Cordero y La Gitana, traídas a la memoria por el también llamado Che de los Gays en su texto, irrumpieron en la Plaza de Armas de Santiago denunciando las precarias condiciones laborales y de vida que tenían como sujetes travestis, excluidas en el proceso de revolución allendista al que las maricas no estaban invitadas.

 

Dos años más tarde, el artista visual Carlos Leppe expone por primera vez su obra “El Perchero”, en el concurso nacional de escultura “Senografía”, en Santiago de Chile. La obra se compone de tres fotografías del cuerpo del artista, impresas sobre un material vinílico y dispuestas en tres colgadores. En las imágenes vemos a Leppe usando un gran faldón que deja ver zonas como sus pezones, vellos, y un conchero armado con cinta para cubrir su genitalidad.

 

Fotografía extraída del sitio web de Carlos Leppe, cortesía de D21 Galería.

 

 

El cuerpo del artista es el soporte de esta obra que hace una relación entre la violación de los derechos humanos, el cuerpo mutilado, las problemáticas ligadas al género y su tensión respecto a la categoría “lo femenino”. Una obra cuyo relato compone junto a muchos otros, anónimos, la gran historia de Chile y su violencia histórica, colonial y patriarcal presente (no solamente) en el periodo de dictadura.

 

A fines de los ochenta, el 12 de octubre de 1989, Las Yeguas del Apocalipsis realizan la performance “La Conquista de América” en la Comisión Chilena de Derechos Humanos. El dúo artístico conformado por Francisco Casas y Pedro Lemebel ponía el cuerpo-protesta en el baile de la cueca sola, en referencia a la acción realizada por madres, esposas e hijas de detenidos desaparecidos producto de la última dictadura militar.

 

Este baile era accionado con los movimientos de les artistas sobre el mapa de Latinoamérica, dibujado con trozos de vidrio molido de botellas de Coca-Cola, dejando el registro de sus cuerpos heridos con sangre en la superficie de la tela. Esta obra funciona como una crítica al rol de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX, que por medio de la implantación de diversas dictaduras en Latinoamérica reforzaron el modelo colonial e intervencionista que se venía ejerciendo desde mucho antes, iniciado mediante el proceso colonial impuesto en 1492, con el mal llamado “descubrimiento de América”, el que se continúa sosteniendo a través de la violencia ejercida desde el Estado hacia las comunidades mapuche e indígenas de Latinoamérica en resistencia.

 

Lemebel tuvo una prolífica producción literaria en la que podemos observar un diálogo constante entre la figura de “la loca” y las tensiones con el mundo blanco, masculino y capitalista. En “Crónicas de New York”, de su libro “Loco Afán”, encontramos un fragmento que nos evidencia esa distancia:

 

“Y cómo te van a ver si uno es tan re fea y arrastra por el mundo su desnutrición de loca tercermundista. Cómo te van a dar pelota si uno lleva esta cara chilena asombrada frente a este Olimpo de homosexuales potentes y bien comidos que te miran con asco como diciéndote: Te hacemos el favor de traerte, indiecita, a la catedral del orgullo gay”.

 

 

 

 

En otra de sus crónicas, “Lorenza, Las alas de Manca”, Lemebel nos cuenta la historia de Lorenza Böttner, artista trans que nació en 1959 en Punta Arenas. A la edad de 8 años, Lorenza sufrió la amputación de sus dos brazos en un accidente que cambiaría radicalmente su cuerpo. Posterior a esto, y luego del golpe militar de Pinochet, Lorenza y su madre se van a Alemania.

 

Bötnner desarrolló un trabajo que demuestra una hábil y potente producción artística realizada con sus pies, que incluye pinturas y acciones corporales donde ella es la musa. En Berlín, Lorenza conoce al artista chileno Mario Soro, quien la invita a realizar una acción en la galería Bucci, en Santiago, el año 1989. Durante la performance, Böttner dibujaba dos cuerpos, uno femenino y otro masculino. Luego se desvestía tras un biombo que generaba sombras, para así tensionar los imaginarios asociados al binarismo de género. Lorenza muestra su cuerpo como la Venus de Milo, escultura griega que representa un cuerpo hegemónico al que le han despojado sus brazos.

 

Pese a su interesante producción, la obra de Lorenza no es enseñada o difundida en las escuelas y academias de arte en Chile. No obstante, gracias a investigaciones recientes de historiadores y curadores del arte, su nombre ha comenzado a visibilizarse tras casi 30 años de su muerte, producto de la pandemia del Sida. Pese a la distancia de Lorenza con Chile, hay una historia de su cuerpo en este territorio que importante valorar y rescatar.

 

Otro icono que ha dejado un legado único e indiscutible es Hija de Perra. La performer se ha vuelto un referente fundamental para las nuevas generaciones de artistas disidentes sexuales. Junto a su amigo Wincy Oyarce, director de cine, realizaron la película “Empaná de Pino” en 2008. En un rol protagónico, Hija de Perra registra variadas acciones en la escena underground de Santiago, en donde interviene con su performance inmunda los espacios heterosexuales de la periferia de la ciudad.

 

En muchas ocasiones Hija de Perra fue censurada y también perseguida por incomodar a la sociedad machista, racista y profundamente pacata del Chile de inicios de siglo XXI que debió enfrentar. En una entrevista con Revista Fill, da cuenta de su forma de pensar el mundo:

 

“Lo que yo soy es más que cotidiano (…) Yo soy algo que se escapa del binarismo de género, me gusta la disidencia sexual y ese es el mensaje que quiero provocar en ti, para que te des cuenta de las normas y las estructuras y programaciones que te hacen pensar de una determinada forma y que en realidad es fácil pensar, porque es gratis, y darse cuenta de que las cosas no son como nos las pintan. Muy bien sabemos que el viejito pascuero no existe y el ratoncito de los dientes de leche tampoco y así podemos ir soltando los globos que alguna vez nos hicieron agarrar con tanta fuerza”.

 

Al igual que Lorenza, la artista dejó muchos proyectos inconclusos tras su muerte en 2014 por complicaciones asociadas al Sida. A pesar de eso, y como ella señalaba en sus entrevistas, su identidad es eterna: sólo queda valorar y difundir su trabajo y legado, el que nos regaló y que está presente en muchas de las colaboraciones que realizó con otres artistes y colectivos disidentes: Irina la Loca, CUDS, Zaida González, entre otros.

 

 

 

El cuerpo es el eje que atraviesa la obra de todes les artistes antes mencionades. La performance ha sido el espacio donde sus identidades cobran sentido y desbordan las posibilidades de representación de los binarismos de género. Es el legado que han dejado cada una de las locas, son nuestras ancestras y debemos perpetuar sus trabajos y valorar cada vez que pusieron sus cuerpos para que hoy sea más sencillo dinamitar esa hegemonía que nos ha limitado históricamente.

 

La historia del arte le debe mucho a estes artistes, no valorades adecuadamente mientras estaban con vida. Elles pusieron sus cuerpos antes para que hoy nosotres tengamos voces con las que podamos seguir cuestionando la norma imperante. Son sus cuerpos, sus relatos desde las periferias contra la hegemonía, una contracultura que va deshaciendo y desaprendiendo el valor simbólico que se la ha dado a la masculinidad.

 

Registro de Felipe Ortega de la grabación de la película “Empaná de Pino”, del director Wincy Oyarce.

 

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