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En Estados Unidos, un grupo de referentes ultraconservadores volvió a defender públicamente una idea que parecía enterrada hace más de un siglo: reemplazar el voto individual de las mujeres por un sistema de one household, one vote, donde el marido representa políticamente a toda la familia. En Chile, mientras tanto, un grupo de parlamentarios impulsa el proyecto “Escucha su corazón”, que busca obligar a las mujeres a escuchar el latido del feto antes de acceder a un aborto permitido por la ley de tres causales.
No es la misma discusión, pero ambas parten desde una pregunta parecida: ¿hasta dónde llega realmente la autonomía de las mujeres?

Cuando Margaret Atwood publicó The Handmaid’s Tale en 1985 dijo que no había inventado nada. Cada una de las restricciones que aparecen en la novela había existido antes, en algún lugar del mundo. Su distopía nos recordaba que los derechos pueden perderse. Durante años esa advertencia pareció lejana. Hoy ya no tanto.
Hace unas semanas, durante la Wome n’s Leadership Summit organizada por Turning Point USA en Texas, varias expositoras defendieron públicamente una idea que hasta hace poco habría parecido impensable: reemplazar el voto individual por un sistema de household voting, donde el marido representa políticamente a toda la familia.
Actualmente no existe ningún proyecto para eliminar el sufragio femenino en Estados Unidos y la Decimonovena Enmienda sigue protegiéndolo desde 1920. Pero el hecho de que esta conversación haya llegado a una de las principales reuniones del movimiento MAGA ya dice algo sobre el momento político que vive el país.


Más aún cuando The New York Times dedicó un extenso reportaje al fenómeno —The Women Who Believe That Women Should Lose the Right to Vote— mostrando cómo esta idea comienza a expandirse en algunos sectores del cristianismo ultraconservador. Lo más llamativo es que existan mujeres que aseguran que renunciarían voluntariamente a su derecho a voto porque creen que el esposo debe ser la única voz política del hogar. Beth Allison Barr, historiadora de Baylor University, resume el cambio de la siguiente manera, hace diez años enseñaba estas ideas como un fenómeno marginal; hoy ya no puede hacerlo.
En Chile, hace unos días ingresó al Congreso el proyecto «Escucha su corazón», impulsado por diputados del Partido Nacional Libertario, el Partido Republicano y Renovación Nacional. La iniciativa propone que, antes de acceder a una interrupción del embarazo bajo las tres causales permitidas por la ley, las mujeres reciban información sobre la actividad cardíaca del embrión o feto y tengan la obligación de escuchar sus latidos.
Sus impulsores lo presentan como una ampliación del consentimiento informado. Sin embargo, organizaciones como Corporación Miles y especialistas en derechos reproductivos sostienen que ese consentimiento ya existe y que la medida incorpora una carga emocional que no entrega información médica nueva. Esta no es una idea original, ya que replica iniciativas impulsadas en Hungría por Viktor Orbán y promovidas anteriormente en algunos estados de Estados Unidos, España y Brasil.


Ambas noticias parecen hablar de temas distintos, pero comparten una misma lógica. No buscan necesariamente eliminar derechos de un día para otro. Buscan volverlos discutibles.
La politóloga Nancy Bermeo, especialista en erosión democrática, ha mostrado que los retrocesos institucionales rara vez ocurren mediante grandes quiebres. Lo habitual es que comiencen con cambios graduales que, vistos por separado, parecen menores.
Con los derechos ocurre algo parecido. Primero dejan de asumirse como consensos. Después aparecen excepciones, nuevas condiciones o requisitos. Y, poco a poco, lo que parecía definitivamente resuelto vuelve a transformarse en objeto de debate.
Quizá por eso la pregunta no sea si estas iniciativas prosperarán. Probablemente muchas no lo hagan. Derogar el voto femenino en Estados Unidos requeriría una reforma constitucional prácticamente imposible y el proyecto chileno recién comienza su discusión legislativa.


La pregunta es otra: ¿por qué ideas qué hace una década parecían impresentables hoy encuentran auditorios llenos, titulares de prensa y representantes dispuestos a defenderlas?
Tal vez esa sea la verdadera lección de The Handmaid’s Tale. No que el futuro esté escrito, sino que ningún derecho permanece garantizado solo porque una generación haya logrado conquistarlo. También depende de que la siguiente no tenga que volver a defenderlo.



