Viajando por Barcelona conocí a Pol y Sergi, una pareja que son bailarines. Después de hablar largo sobre teorías de danza quedamos en vernos en uno de los estudios del Institut del Teatre. Le pedí ropa a mi amigo Antonio Acuario, nos juntamos y empezamos a hacer seguidillas dentro del rollo de 35mm, una técnica que vengo explorando hace un tiempo.
Al ser novios, se notaba esa complicidad al moverse, distribuyendo su peso constantemente, sin hablar. Así generamos frases coreográficas que se reescribieron sobre sí mismas con la múltiple captura. Donde una foto se escribió sobre otra aparecieron nuevos volúmenes: piel con piel, pliegues de ropa sobre brillos de luz hacen paisajes con montañas de luces y valles de sombra.
Mirando los resultados me pregunté si esto no se parece a cómo experimentamos la danza en vivo: algo continuo, pero con momentos tan fuertes que nos quedan grabados mientras seguimos absorbiendo lo que viene, como un déjà vu visual que genera nuevas formas en la cabeza.