Fotografxs, chilenxs & migrantes - Galio
Reportaje
14/08/2026

Fotografxs, chilenxs & migrantes

En 1982, cuando el icónico fotógrafo chileno Sergio Larraín (1931-2012) se enteró que su sobrino tenía intenciones de aprender sobre fotografía, decidió escribirle una carta llena de consejos, entre los que destacan: “El juego es partir a la aventura […] vagar y vagar por partes desconocidas, y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque, y mirar, dibujar también, y mirar. Salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, dejarse llevar por el gusto, mucho ir de una parte a otra, por donde te vaya tincando. De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes, como apariciones las tomas”. 

Y es que ya sea por trabajo, estudios, amor o simplemente porque un día despertaron con la tincada, viajar ha sido parte de la vida de los fotógrafos desde los inicios de la profesión, por allá a finales del siglo XVIII. Dejando la comodidad del hogar para transformarse en uno más de los millones de migrantes que transitan por el mundo. 

Un fenómeno perenne al que Chile ha comenzado a unirse con cada vez más fuerza. Ya que, según los datos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, en el año 2020, 1.037.346 chilenos residían fuera del país. Cifra que aumentó en un 8% en los dos años posteriores y que se ha mantenido al alza, sumando cada día a más fotógrafos y artistas.

Conversamos sobre la experiencia de emigrar con lxs fotografxs chilenxs Camilo Delpin, Josefina del Villar, Diego Urbina, Bernardita Bennett, Camilo Salas, Rocío Aguirre y Tatan Gherrë (GagBall).

“La migración es un fenómeno propio de la fotografía, moverse es una necesidad intrínseca de la profesión”, asegura Camilo Delpin (1989), nacido en Concepción, Chile y que desde 2019 reside en Madrid, España. Lugar desde el cual ha decidido desarrollarse como fotógrafo y conocer otras formas de trabajar diferentes a la industria creativa chilena.

El primer acercamiento de Delpin a la fotografía fue gracias a un electivo de fotos análogas que tuvo en el colegio. Pero lo aprendido allí no lo volvería a utilizar hasta muchos años después, cuando realizó un intercambio en Francia mientras estudiaba arquitectura. “Con todo eso de viajar empecé a educar el ojo fotográfico y ahí ya me introduje más profesionalmente. Eso sí, nunca he tomado ni un curso de fotografía, como estudié un Máster en arquitectura eso como que me mató el interés por la institución, por la academia, me cansó. Por eso la fotografía pasó de pasatiempo a profesión rápidamente”.

De vuelta en Chile el fotógrafo decidió vivir en Santiago, donde comenzó a trabajar en publicidad. “Estuve en eso por años, hasta que me fui cansando poco a poco de la monotonía. Comencé a sentir que no me estaba nutriendo de nuevos conocimientos, ya que los círculos pueden resultar pequeños o estrechos en Santiago”. Eso, sumado al estallido social y la pandemia, haría que Delpin decidiera emigrar nuevamente, pero esta vez a Madrid. Una ciudad que, según cuenta, actualmente se encuentra en un proceso de recambio poblacional con la llegada de inmigrantes sobre todo de Francia, Italia y, por supuesto, Latinoamérica.

“Personalmente los últimos años en Chile la fotografía se había transformado solo en una manera de hacer dinero, pero cuando me mudé a Madrid me di cuenta que existía una percepción distinta del tiempo. Hay un valorización por el tiempo de reflexión, el tiempo de introspección, el tiempo de ocio. En ese sentido, aún cuando sigo trabajando para generar dinero siento que tengo un permiso por parte de la sociedad y por parte mía para tener periodos de reflexión más largos, para así crear cosas nuevas, para generar y reforzar lazos creativos”.

Dentro de esos lazos creativos se encontraría su gran amiga de la vida Rocío Aguirre, quien decidió, solo unos años antes de Delpin, mudarse a la capital española buscando un lugar para comenzar de nuevo. “Sentía que había cumplido un ciclo en mi carrera en Chile. Yo comencé con lo análogo en una época en que aún no era tan accesible o más bien era algo anticuado, debido a que nos encontrábamos en la era de lo digital, por lo que sentí que en otros lugares del mundo podían valorar también mi tipo de fotografía análoga”.

Aguirre nació en 1989 en Concepción, Chile, y conoció la fotografía gracias a Fotolog y Flickr, ambas plataformas que alcanzaron su peak en Chile a principios de los 2000 gracias a las ‘tribus urbanas’ y el auge del internet en el país. “Esos sitios me abrieron la posibilidad de ver la fotografía como una carrera a largo plazo. Por eso decidí estudiar fotografía en el 2008 en Santiago y luego me seguí perfeccionando en distintas técnicas”.

Desde su perspectiva, el emigrar es parte del ser humano, un paso lógico de aquellas personas que tienen inquietudes y curiosidad, ganando en su caso nuevas redes de amistad y trabajo, quienes ‘valoran lo único’ de su tipo de fotografía más allá de lo que está de moda. 

“Puede ser que en Chile y el mundo las tendencias sean muy fuertes y eso puede traer como consecuencia el que exploten en pocos meses y luego se busquen otras diferentes”, asegura Josefina del Villar (1997), santiaguina que hoy vive en Barcelona, España. “A veces siento que me cuesta encontrar trabajos que sigan una línea editorial que se prolongue en el tiempo, porque pareciera ser que hay una búsqueda por la fotografía más comercial”. 

Del Villar recuerda haber empezado en la fotografía cuando era adolescente y se juntaba a sacar fotos con sus amigas los viernes después de clases. “Era el mejor panorama, juntarnos en una casa, maquillarnos y hacernos fotos. A los catorce años me compré mi primera cámara, una reflex, con la que salía a caminar por mi barrio a sacarle fotos a los paisajes otoñales. El 2017 empecé a tomar fotos en formato analógico, y fue ahí cuando supe que no soltaría la cámara nunca más”. 

Un interés que, sin embargo, sería escurridizo para Josefina puesto que, a diferencia de Aguirre, decidió estudiar diseño industrial en la universidad. Una línea académica que tarde o temprano la llevaría a considerar dejar todo para mudarse fuera de Chile y así seguir su verdadera pasión: la fotografía de moda. “España era un destino que quería conocer, ya que nunca había ido a Europa, pero mantener una vida como estudiante allá era muy caro, así que decidí terminar la carrera antes de tomar la decisión de emigrar. Justo en ese tiempo encontré un curso de fotografía que ofrecía todo lo que quería, una estética pulida con un enfoque autobiográfico y documental”. 

Este cambio, asegura, alteraría profundamente su visión y trabajo, ya que al estar expuesta constantemente a cosas nuevas se sintió inspirada para crear algo completamente diferente a lo que venía trabajando. “Siento que en Santiago estaba en una etapa más exploratoria, de prueba y error, pero al llegar a Barcelona rápidamente identifiqué lo que me gustaba y lo que se me daba bien. La búsqueda de nuevas experiencias, oportunidades e inspiraciones está en el ADN de los artistas y creo que en Chile recién ahora le estamos tomando el peso o lo consideramos como una opción. Cada vez estamos más comunicados con lo que pasa en el mundo, las redes sociales nos han permitido conectar con gente que está en otros lados y eso hace que se nos agrande el mundo. Tal vez ahora hay más gente emigrando de Chile porque la mayoría tenemos algún amigo que vive afuera y eso nos hace sentir menos inseguros con que nosotros también podemos hacerlo”. 

Esta reticencia a la emigración fue justamente la que sintió Diego Urbina (1991), nacido en Santiago de Chile y que desde 2022 reside en Nueva York, Estados Unidos. “Yo había viajado varias veces a Nueva York y siempre tuve el sueño de venirme a vivir, pero no tenía contactos ni dinero, así que me daba miedo dar el paso”. 

Según recuerda, Urbina siempre fue el encargado de sacarle fotos a sus compañeros de curso, en especial en los paseos de curso de cuarto medio. “Estudié periodismo, y al mismo tiempo accedí al mundo de Tumblr donde vi diferentes estéticas que me llamaron la atención, en especial el formato análogo. Ahí me compré una cámara Zenit y empecé a aprender cómo usarla a través de tutoriales de Youtube, registrando con ello mi vida, amigos y cosas aesthetic”. 

Al egresar comenzó a trabajar tanto como periodista como fotógrafo en diferentes proyectos y agencias, sin embargo, jamás se sintió completamente cómodo. “Me interesaba la fotografía de moda pero tuve dificultades porque no tenía los conocimientos técnicos necesarios, ni los contactos que me permitiera desarrollarme en Chile”. Motivo por el cual decidió emigrar a Nueva York para tener la vida que ‘realmente deseaba’. Una apuesta que, no obstante, tuvo su cuota de dificultades. “El mayor golpe tiene que ver con la barrera idiomática y los códigos del lugar. Las primeras veces que trabajé en equipo hubo una limitación por no saber hablar tan bien inglés, entonces me sentía como ‘el extranjero’, ‘el diferente’. Tampoco es que me interese camuflarme, porque siento que la cultura gringa es matada, todo es muy vacío y superficial, pero igual uno intenta calzar para poder vivir bien”. 

Según él, la migración es algo natural de las industrias creativas, en especial cuando se proviene de una tan ‘pequeña como la chilena’. Considerando además que, a diferencia de otros migrantes, los chilenos cuentan con la visa Waiver que hace la migración más expedita y accesible. “El chileno migra a Estados Unidos como una posibilidad de cambiar ciertas cosas de su vida, no porque está huyendo por persecución política o porque no tiene qué comer en su país”.

Otro chileno que decidió cambiar Santiago por Nueva York fue Camilo Salas (1983), quien llegó a la gran manzana acompañando a una novia que había sido becada para estudiar en el lugar. “Yo en ese tiempo escribía para un diario, así que les pedí si me podían dar una visa de periodista. Estuve con esa visa cuatro años, permitiendome entrar y salir de Estados Unidos pero sin poder trabajar. De ahí me casé, obtuve la green card, me separé y ahora soy ciudadano estadounidense”.

El primer acercamiento ‘serio’ de Salas a la fotografía fue en la universidad, cuando cursó una clase de dark room. Una experiencia que solo duraría un semestre pero que le serviría años después para sacar fotos para el medio digital que fundó. “Ahí teníamos que tener fotos originales entonces yo las tomaba, pero eran más bien periodísticas, con un afán de informar más que ser artísticas”. De ahí se mudaría a Nueva York, sin embargo, al tiempo el lugar en el que trabajaba cerraría, por lo que Salas decidió comenzar a repartir marihuana en bicicleta para así generar ingresos. “Como estaba en la calle todo el día se me ocurrió aprovechar de sacar fotos con una point and shoot”. 

Una nueva forma de registrar que permitiría al -ahora- fotógrafo pasar lo más desapercibido cuando retrataba a personas desconocidas en la ciudad. “Cuando estaba en Chile y hacía fotos siempre estaba yo muy presente, quería que miraran el lente directamente, que supieran que estaba ahí, mientras que ahora es todo lo contrario. De hecho, yo no me quedo después de sacar la foto, no converso con la gente, tomo la foto y me voy. Igual me ha pasado que hay personas que se enojan porque les tomé una foto sin permiso, pero un tip que aprendí es que cuando pasa eso tu tienes que decir: ‘Sí, te saqué una foto’, para después tirarles un halago tipo: ‘Es que me gustó tu ropa, tus zapatos, tu peinado’, eso hace que la gente cambie un montón su postura, se alegran”.

Según Salas, puede que parte de la emigración de fotógrafos chilenos actual se debe a que las industrias creativas son acotadas y en el extranjero hay más oportunidades de crecimiento global. “La gente que tiene talento y confía en él decide irse. Es algo complicado porque muchos no vuelven y hacen una carrera afuera, entonces todo lo que podrían aportar a Chile de alguna forma se pierde. Siento que los primeros en jugársela siempre son los artistas, irse sin redes, de ser capaces de vivir sin nada de plata, de pasar hambre”.

“Si yo hubiera sabido que en Alemania iba a ser más difícil que en Chile no sé si me hubiera venido”, dice Bernardita Bennett, fotógrafa que se mudó a Berlín en el año 2021. “Ha sido complicada la situación aquí actualmente porque han recortado los recursos para cultura. Está un poco incierto hacia dónde va a ir la cosa, si es que se van a volver esos recursos o van a continuar decayendo. Por eso todavía sigo con una pata en Chile haciendo proyectos y generando dinero”.

Bennett nació en Santiago de Chile en 1985, y tuvo su primer contacto con la fotografía a los diez años de edad, cuando sus papás le regalaron una cámara de bolsillo para que sacara fotos de su día a día. “La profesionalización vino después, cuando estudié artes en Chile y me especialicé en los optativos de profundización en fotografía análoga. Me fascinaba estar en el cuarto oscuro, pasaba horas ahí, era como mi terapia. De ahí trabajé harto tiempo en Chile, hasta que me vine a Alemania”. 

‘Máster in Public Art and New Artistic Strategies’ era el nombre del grado que decidió tomar Bennett en la Bauhaus-Universität Weimar, el cual despertó su interés por su vinculación de espacios con la fotografía, porque era en inglés y, sobre todo, por su gratuidad. “En Alemania me comenzaron a interesar harto los lugares con historia, con presencia histórica del humano, hay edificios viejos que cuentan el paso del tiempo especialmente de sucesos importantes, mientras que cuando fotografío en Chile suelo enfocarme más en su geografía. Como chilenos quizás no tenemos una conexión tan grande con nuestros pueblos ancestrales, que es lamentable, o una cultura gastronómica tan fuerte, pero sí con la cordillera, el desierto y el mar. Muchos fotógrafos chilenos que han migrado reflejan una nostalgia por el paisaje en su trabajo”. 

Desde su punto de vista, el éxodo actual de artistas chilenos es multifactorial. “Por una parte, y al igual que la mayoría del mundo, varios espacios culturales en Chile cerraron debido a la pandemia, algo que obligó a la gente vinculada a las artes a pensar en otras formas de generar alianzas y profesionalizarse. Mientras que, por otra parte, harta gente se fue por un tema de edad y de crecimiento que es algo más personal”.

Esto último es justamente lo que motivó al fotógrafo Tatan Gherrë (1988) -más conocido en internet como GagBall- quien hoy reside entre Berlín y Montreal. “Fue una de las decisiones más difíciles de mi vida, me costó mucho soltar Chile. Todos mis hermanos habían emigrado a diferentes lugares del mundo buscando su propio camino en la vida, pero una parte de mí se resistía a dejar Santiago o Latinoamérica. Sentía que tenía mucho que hacer en Chile, mucho que contar, y por eso estuve mis últimos 15 años trabajando ahí. Pero el migrar siempre estuvo dentro de mis pendientes”. 

Gherrë comenzó en la fotografía como un juego, haciéndose retratos con los amantes que encontraba en chats gays. En ese tiempo él aún estaba en el colegio, por lo que la mayoría de sus obras trataban sobre las diferentes personas con las que tuvo su despertar sexual y que nunca más volvió a ver. “Con el tiempo me fui obsesionando con la fotografía documental y entendí el poder de la imagen y su crudeza”. 

Un estilo de registro marcado por la intimidad del hogar y la desnudez que, luego de más de una década de trabajo, necesitó de nuevos protagonistas. “Aún cuando amo Chile me surgió la necesidad de retratar a otras personas, como migrantes latinos en Europa, o las comunidades de migrantes africanos que tienen que huir de su país para que nadie los mate por ser homosexuales. Todas esas interrogantes me llevaron a tomar un avión sin pasaje de vuelta”. 

Para Gherrë un artista siempre está hambriento de conocimiento, por lo que quedarse en el mismo lugar toda la vida sería un error. “Moverte, pasar dificultades, penurias y extrañar tu lugar de nacimiento, nos lleva a crear. Tarde o temprano te vas a mover de tu lugar, sin importar donde sea, pero lo vas hacer”. En su caso, este cambio de domicilio más que modificar completamente su obra reafirmó su foco: el deseo, la carne, el sexo y el dramatismo. “Lo único que cambia es el territorio, las historias, las personas, pero yo siempre estoy buscando la belleza en lo que otros ven algo malo, algo feo, algo que se debería ocultar o callar. Yo siempre busco la plenitud, el autorretrato infinito, tanto mío como el de otros”.

Respecto a lo que le gustaría que cambiara en la industria creativa chilena, los fotógrafos tienen distintas opiniones. Según Gherrë es necesario mejorar el trato que tienen algunas personas con sus artistas y su trabajo. “Me gustaría que hubiera mejores porcentajes a la hora de vender una obra en galerías. Muchas veces el artista tiene que producir y trasladar las obras por su cuenta, y el porcentaje de pago no lo compensa. Cuando las personas que mueven el mundo del arte entiendan de verdad cómo es vivir por medio de un porcentaje de obras a lo mejor muchas cosas van a cambiar, o eso espero”. 

Esto es compartido por Urbina, quién piensa que el gran problema de la industria es que ciertas personas que la dirigen son comerciantes y no artistas, por lo que tiene una mentalidad creativa muy sesgada. “La industria puede ser muy cerrada en términos valóricos y conceptuales, muy endogámica, aún queda cierto clasicismo. En Chile hay talento, lo que faltan son más oportunidades. Yo siempre pienso que si estuviera Tatan Gherrë en Nueva York ya hubiera hecho una campaña con Calvin Klein. Incluso en términos comerciales el trabajar con gente nueva hace que se abarquen audiencias nuevas y eso atraiga dinero”.

Según del Villar, la industria podría fortalecer más su línea artística para así desarrollar otras partes del imaginario fotográfico chileno. “Me gustaría ver más gente haciendo lo que le gusta solo porque le sale del corazón, no porque es trendy”. 

Por su parte, Delpin espera que no solo las élites cambien, sino también los núcleos creativos, quienes podrían mezclarse mucho más entre ellos. “¿Por qué la gente de teatro no se conecta con las de fotos?, ¿o las de cine con las de fotos?, siento que todo tiene un sitio muy duro y marcado, aún existen las altas, bajas y medias culturas”. 

Esto es similar a lo que opina Bennett, quién observa demasiada estandarización en los espacios culturales de Chile, dejando de lado la colaboración orgánica propia de las artes. “Creo que la gente debería dejar de tenerle miedo a usar las calles, hacer más presentaciones en las veredas, que los negocios reutilicen lugares inhabitados. Me gustaría que la gente de las artes volviera a tener la voluntad de tomarse los lugares, y de las audiencias en ir a más eventos”.

En el caso de Aguirre, desea que el Estado fortalezca las políticas públicas dirigidas a las culturas, pudiendo frenar con ello el cierre de los espacios dedicados a las artes visuales. “Por supuesto que hay aspectos mucho más profundos y urgentes que el arte, pero ciertas políticas pueden tener mucho efecto en la industria creativa. En ese sentido, me gustaría que hubiese mayor cantidad de ayudas para poder tener más y mejores espacios para el desarrollo artístico, ya que esto podría generar un movimiento de arte de exportación desde Chile para el mundo”. 

Finalmente, Salas cree que aún cuando muchas personas no lo crean, el contexto artístico chileno es bastante bueno en comparación a los de otros países. En especial gracias a instancias como el Fondart, que ha sido muy importante para el crecimiento de la industria local, por lo que esperaría seguir incrementando su efectividad. “Yo sé que es complicado, que hay un montón de cosas que la gente necesita de manera más urgente, como que se acaben las listas de espera, pero tampoco es tanta la plata que necesitamos. También me gustaría que hubiera una conexión más directa con las escuelas de arte de Chile, que existiera una política donde los fotógrafos que vivimos fuera pudiésemos ir cada cierto tiempo a Chile a hacer talleres, festivales o cosas así. Muchos fotógrafos estamos dispuestos a compartir nuestros conocimientos y ayudar a los futuros artistas del país”.



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